Gárgolas

 
 
Editorial Bubok Publishing
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 24. Januar 2018
  • |
  • 126 Seiten
 
E-Book | ePUB ohne DRM | Systemvoraussetzungen
978-84-685-1868-8 (ISBN)
 
Es el invierno de 1959 en la España de Franco y una pequeña célula de disidentes, liderada por un sacerdote, trabaja afanosamente por derrocarlo. La visita del presidente Eisenhower a Madrid les pareció el momento idóneo. A la vez que este grupo prepara todo para asesinar a Eisenhower, Pepe conoce a Laura sin saber que ella es miembro de esta célula. Se enamora de ella desde el momento que la ve en el tren y decide protegerla de la guardia armada a la salida del tren.; pasa con ella una noche en un burdel sin siquiera tocarla. Después, la acompaña hasta el lugar designado por ella dentro del operativo y ese mismo día la salva de una muerte segura. Pepe se enamora de Laura y Laura de Pepe y deciden hacer planes de matrimonio en cuanto acabe la misión (como la llamaba el padre Ignacio) de liberar a España y a la la Iglesia del maléfico caudillo. Pero Laura sólo conocía parte del plan. El padre Ignacio y su círculo, les tenían preparada una sorpresa a Laura y Ricardo, su compañero de misión.
  • 0,89 MB
978-84-685-1868-8 (9788468518688)

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

 

El tren se acercaba a la parada final de su recorrido. A bordo, un desfile de caras de cansancio entre los pasajeros que regresaban a su hogar después de faenar. Otros parecían integrados a sus asientos. La dejadez de sus cuerpos señalaba un alto consumo de alcohol. El silencio y el traqueteo invitaban a los pasajeros a cerrar los párpados, dejando que el sueño se apropiara de sus cuerpos. Aunque se tratara de los usuarios de siempre a esa hora de la noche, los ojos, que se abrían y cerraban, denotaban en sus miradas desconfianza mutua.

Yo también intentaba mantener mis ojos abiertos y no ceder al dulce sueño. Sentado, el trajín y el ir y venir del día hacían mella en mi cuerpo cansado. Frente a mí, una joven morena de unos veinticinco años. Pese a su mirada fija en el suelo, se apreciaba la preocupación en ese rostro de grandes ojos de color castaño claro. No podía dejar de mirarla. Sus cejas eran finas y estaban muy bien delineadas. Su nariz aguileña me permitió ubicarla en las tierras del norte. Unos labios finos pintados de rojo iluminaban su rostro. El pelo recogido y bien peinado terminaba en un moño en la parte posterior de la cabeza, el moño característico de las bellezas morenas de los cuadros de Julio Romero: la morena guapa y bella, imagen de la mujer española.

Su persona y su cuerpo me mantuvieron despierto. Tenerla de frente fue el mejor remedio para mi cansancio. Seguí mi recorrido visual en esa persona que lucía ante mis ojos como un ser divino. Sus pechos redondos se revelaban debajo de un suéter gris tan claro que destacaba unos pequeños pezones. El suéter caía sobre unas caderas bien formadas, a juego con una falda estrecha que le llegaba más abajo de las rodillas. Se deslizaban entre la falda unas piernas que parecían torneadas a mano por su belleza y terminaban en unos tobillos suaves. Los tobillos daban comienzo a unos zapatos negros de tacones bajos, adornados por una hebilla de metal al frente.

Brotaba de ese cuerpo hermoso una sensualidad apasionante que impactó mi mente joven, no acostumbrada a vivir fantasías sexuales. Ella escondía esa hermosura de una forma tenue bajo un abrigo de lana negro a la última moda. Sus manos sujetaban nerviosas un bolso de piel gris a juego con el resto de su atuendo. La observaba y la volvía a observar. Tanto la observé que noté que apretaba y soltaba el bolso. Esta actitud me llevó a comprender que su rostro expresaba preocupación.

El tren disminuyó la velocidad y los pasajeros advertimos llegar al final del trayecto. La joven alzó la mirada y en ese momento y por unos segundos nos miramos frente a frente. Ella giró el rostro y se puso de pie, a la vez que se agarraba del tubo de seguridad de la puerta.

El tren entró en la estación con lentitud y los pasajeros nos preparamos para salir del vagón. El tren se detuvo en seco y la puerta se abrió con un fuerte ruido, característico de las puertas viejas, gastadas por los años de uso.

Salté al andén detrás de la joven con el solo propósito de contemplar su esbelta figura. Subimos varios escalones, doblamos a la izquierda y tomamos el pasillo para salir a la calle. Giramos a la derecha y abrimos las puertas de salida, ante las escaleras de subida al metro. Las abrimos y caminamos unos dos pasos hacia las escaleras. La joven, de repente, se detuvo a mirar hacia la calle. Fue todo tan rápido que no me dio tiempo de pararme y tropecé con ella. Se dio la vuelta. Pensaba que me increparía porque la había empujado. Para mi asombro, me agarró del brazo y me pidió que la acompañara. Sabía bien que nada tenía que ver con que ella estuviese hipnotizada conmigo, como lo estaba yo con ella. Era un asunto de supervivencia. Arriba, en la calle, esperaban los guardias que vigilaban la salida. Y es que en aquella época, después de las doce de la noche, las mujeres no podían circular solas por las calles. Podían perder todo derecho, incluso el derecho a la libertad. La joven tenía conocimiento de la ordenanza. Por eso me suplicó que la acompañara a su casa. Ella vivía cerca y estaba en mi ruta, a pasos de la pensión donde me hospedaba y no tenía que desviarme, pero daba igual porque no hubiera podido resistirme a su súplica; confieso que llegué a la conclusión de que el destino me presentaba a la mujer de mi vida.

Acepté llevarla a su casa; me cogió del brazo y subimos las escaleras. Todo sucedió tan rápido que no salía yo de mi asombro y de mi satisfacción. Ese instante fue tan intenso que me sentí algo desorientado y no sabía cómo ubicarme, pues mi mente estaba confusa por la brusquedad de los acontecimientos.

Caminamos hacia adelante para dejar de lado a la pareja de policías. Cruzamos la calle Princesa en dirección a Hilarión Eslava, donde me hospedaba. Durante ese trayecto no habíamos cruzado palabra alguna y de buenas a primeras, se paró en firme y me tiró del brazo.

?No podemos seguir ?me dijo?, tenemos a varios oficiales de la Guardia Armada justo al frente de nosotros. Deben de estar haciendo una redada y es en el edificio donde vivo. ?Su voz sonaba desesperada.

?¿Tienes algún problema?

?No. Deben de estar buscando a algún delincuente. Nos arrestarían también si entramos a la pensión ahora.

Doblamos en la esquina y nos alejamos lentamente del lugar con el propósito de no levantar sospechas. Di por buena la explicación y me dejé llevar. Subimos hacia la calle Guzmán el Bueno, acelerando un poco el paso.

?¿Me puedo quedar en tu casa esta noche?

?No puedes ?respondí?. Vivo en una casa de familia y no me lo permiten.

?No puedo ir a ninguna pensión u hotel porque lo notificarían a la policía y me podrían arrestar.

?¿Qué piensas hacer?

?No lo sé. ?Se quedó en silencio y continuó?. ¿Sabes de alguna casa de citas en esta zona?

La contemplé por unos segundos porque me quedé extrañado, pero le dije:

?Sí, cerca de aquí hay una.

En las llamadas casas de citas no preguntan ni les interesa saber quiénes son los clientes.

?Vamos, yo pago ?me dijo?, pero tienes que quedarte conmigo esta noche, de otra forma podrían sospechar de mí y no me dejarían quedarme.

?Por mí, no tengo problema; si así lo quieres.

?Pero que quede claro que es para pasar la noche y encarar la emergencia. Debes verlo como un favor, no tengo ninguna intención de intimar contigo.

No respondí.

Nos dirigimos al edificio donde se encontraba la casa de citas. Cruzamos la calle y, al llegar a la entrada, dimos unas palmadas para llamar al sereno. Este tardó un poco en llegar.

?Buenas noches. ¿Qué se les ofrece? ?preguntó el sereno.

?Vamos al cuarto derecha ?respondí.

El sereno sabía que esa casa se dedicaba al negocio de proveer habitación a las parejas de forma secreta para el disfrute del amor entre el macho y la hembra. Guardó silencio en espera de una buena propina. Le alcancé dos duros y subimos dos peldaños hasta llegar al ascensor. Al entrar, nos miramos fijamente y estuve al borde de besarla.

?¿Le quieres dar al piso? ?me increpó. En ese momento salí de ese trance de ensueño en el que me había sumergido y desperté a una realidad con mi rostro serio y preocupado. Apreté el botón y el ascensor comenzó a subir lentamente.

Llegamos al cuarto piso, abrimos las puertas del ascensor y fuimos directos al cuarto derecha, pulsamos el timbre y segundos después apareció una señora mayor vestida de negro. Su rostro se asomó entre el espacio abierto que dejaba la puerta.

?¿Qué desean? -preguntó con rudeza.

?Queremos alquilar una habitación para toda la noche

?respondí.

Nos miró con curiosidad y sin decir palabra. Cerró la puerta y acto seguido la abrió indicando que pasáramos.

?Son cuarenta pesetas por toda la noche ?dijo la señora.

?Está bien ?respondí. Saqué el dinero del bolsillo y se lo entregué a la doña. Luego de atravesar un pasillo semioscuro señaló la habitación. Abrió la puerta y entré con mi acompañante. La señora se quedó en espera de nuestra aprobación. «Está todo bien», le indiqué y cerré la puerta.

La habitación era cómoda, con una cama matrimonial y un armario además de una butaca. Después de echarle un vistazo corrimos las cortinas de la habitación y nos sentamos, la joven en la cama y yo en la butaca.

?Muy bien, pero te repito que es para pasar la noche y resolver el problema ?insistió ella?. No es para tener relación amorosa alguna. No sé lo que tú estás pensando.

?No, no. No pienso nada ?respondí con rapidez. Y añadí?: Pero ya que, según parece, estoy metido en un problema, quiero que me expliques lo que está pasando.

?Sí, te lo explicaré.

?Bien, cuéntame.

Ella correspondió a mi demanda de información.

?Somos un grupo de religiosos que ayudamos a los perseguidos por el régimen franquista. Nos dirige un cura liberal que es muy consciente de los problemas. Él nos indica el trabajo o la misión a seguir.

?¿Sois una guerrilla urbana?

?¡No, no! No usamos la violencia, son misiones en las que cooperamos con los necesitados de una forma pacífica y cristiana. Te prometo...

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