Mi última batalla

Cómo se desmorona el mundo que construyó mi generación y qué podemos hacer para salvarlo
 
 
CAPITÁN SWING LIBROS (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 10. Februar 2020
  • |
  • 184 Seiten
 
E-Book | ePUB mit Wasserzeichen-DRM | Systemvoraussetzungen
978-84-120993-2-4 (ISBN)
 
'No soy historiador, pero con 91 años soy historia, y temo que se repita'. Harry Leslie Smith sobrevivió a la hambruna y pobreza de la Gran Depresión, a la IIGM (combatiente de la RAF) y fue testigo de la creación del estado de bienestar posterior. Experimentó cómo una gran civilización puede surgir de los escombros. Pero al final de su vida, temía la facilidad con la que estos logros se estaban erosionando. En este libro, Harry aporta y amplía su perspectiva única sobre los recortes del sistema público de salud inglés, la política de subsidios, la corrupción política, la pobreza alimentaria, el costo de la educación y mucho más. 'Mi última batalla' es una invectiva moderna y lírica que muestra lo que el pasado nos puede enseñar y cómo el futuro es nuestro para que lo tomemos.

Harry Leslie Smith. Fue un superviviente de la Gran Depresión, un veterano de la Segunda Guerra Mundial de la RAF y un activista por los desfavorecidos y por la preservación de la democracia social. Smith escribió cinco libros sobre la vida en la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la austeridad de la posguerra y columnas para The Guardian, New Statesman, The Daily Mirror, International Business Times y Morning Star. Hizo apariciones públicas en conferencias del Partido Laborista, durante las elecciones generales de 2015 y en el referéndum de membresía de la UE de 2016, y la gira 'Stand Up for Progress'.
  • 0,64 MB
978-84-120993-2-4 (9788412099324)
weitere Ausgaben werden ermittelt

 

 

 

 

Recuerdo cómo olía la paz aquel día de mayo de 1945. A lilas, a gasolina y a la carne descompuesta de los civiles alemanes muertos que yacían sepultados bajo la ciudad bombardeada e incendiada de Hamburgo. Yo tenía veintidós años. Después de cuatro años luchando con la RAF, había sobrevivido y se me había dado la oportunidad de envejecer y morir en mi cama. Era un día para llorar por aquellos a los que habíamos perdido, pero también para bailar y celebrar la vida, para brindar por nuestra buena fortuna.

En los últimos sesenta años no ha habido ni un solo día que no haya pensado en lo afortunado que fui. Sin embargo, a medida que me voy haciendo mayor, no estoy tan seguro de que el sacrificio que mi generación pagó con su propia sangre haya merecido la pena. Entonces, el pueblo británico se mantuvo firme, reacio a rendirse a la tiranía del fascismo, a pesar del número inabarcable de víctimas civiles y de las privaciones provocadas por los bombardeos que devastaron ciudades e industrias. Nuestras fuerzas armadas, compuestas por chicos procedentes de todos los puntos cardinales de nuestra isla, sabían que sus vidas y también su futuro estaban en juego, para que nuestra nación, nuestra forma de vida, tuviera alguna opción de perdurar. De la noche a la mañana, estos jóvenes muchachos se convirtieron en hombres en el choque desesperado entre la civilización y la barbarie.

Tras seis años de guerra sin cuartel, de millones de bajas, de millones de muertos, de millones de vidas mutiladas, Gran Bretaña y sus aliados emergieron victoriosos frente al azote del nazismo. Pero aquí no acaba la historia. La determinación que demostró mi generación por crear una Gran Bretaña más igualitaria -un mundo más liberal donde nuestros hijos pudieran crecer, donde el mérito importara y donde el sistema de clases fuese historia- quedó afianzada en los campos de batalla de Europa.

En noviembre, cuando nuestra nación recuerda a sus soldados caídos y rinde homenaje a la juventud perdida de mi generación, el primer ministro, las autoridades gubernamentales y los petulantes hombres de negocios se prenden amapolas de papel en las solapas y dedican dos minutos de silencio a los muertos de la guerra. A continuación, pronuncian tópicos gloriosos sobre la lucha y el heroísmo de aquella época. No obstante, son palabras carentes de significado porque han renunciado a los valores que mi generación edificó tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Luchamos en la campaña del norte de África. Defendimos los cielos de Gran Bretaña en combates aéreos contra la Luftwaffe. Nuestra marina participó en un enfrentamiento a vida o muerte en la batalla por el Atlántico Norte para preservar nuestro dominio sobre los mares. Nos vimos obligados a invadir la fortaleza armada de Europa en las playas de Normandía. Luchamos contra los alemanes en un combate desesperado, pueblo tras pueblo, durante la primavera y el verano con el objetivo de liberar Francia. A medida que el otoño dio paso al invierno, nuestros ejércitos, junto con los de nuestros aliados, formaron un frente unido que empujó hacia delante a través de las tierras bajas de Bélgica y Holanda. Los últimos meses del conflicto fueron intensos, brutales y sangrientos, pero no cejamos en nuestro empeño hasta que estuvimos en el corazón de Alemania rumbo a Berlín y a la victoria.

Aceptamos el racionamiento y la falta de vivienda digna durante el periodo de reconstrucción de la posguerra porque después del baño de sangre todos compartíamos el objetivo de construir un lugar mejor para todo el mundo. Y durante un tiempo creímos que perduraría el entusiasmo que había florecido en Gran Bretaña, en Estados Unidos, en Francia y en Canadá a favor de la creación de sociedades prósperas para los pobres, las clases trabajadoras, las clases medias y los ricos. Parecía realmente posible crear naciones que combinaran la justicia social con el derecho a la movilidad económica de todos sus ciudadanos.

Pero no duró. Ya en los años setenta, tanto la economía británica como su sociedad se enfrentaban a serias amenazas a causa de la inflación y de unos Gobiernos laboristas débiles que fueron incapaces de estabilizar las finanzas de la nación o de controlar el caos y la miseria que soportaba el ciudadano medio tras un sinfín de huelgas industriales. En aquella década tumultuosa, era como si el Reino Unido hubiera perdido el rumbo y se hubiera extralimitado en su deseo de construir una sociedad justa a través de la estabilidad económica y el cumplimiento de acuerdos tanto por parte de los trabajadores como de las empresas. Los piquetes se formaban como turbas repentinas, de improviso y sin razón aparente. En cualquier momento, los camioneros, los mineros del carbón, los sepultureros o los basureros salían a la calle para exigir acuerdos salariales destinados a compensar la espantosa crisis del coste de la vida causada por la inflación. Sin embargo, para quienes no estaban protegidos por un sindicato todo aquello olía a «mientras a mí me vaya bien, a los demás que les zurzan».

Los setenta fueron una década agitada para las economías mundiales, pero la putrefacción realmente empezó a filtrarse en las naciones democráticas occidentales en la década de los ochenta, después de la crisis del petróleo, de años de hiperinflación y de un malestar laboral crónico. A mi juicio, el edificio de nuestros estados civilizados comenzó a desmoronarse el día que Ronald Reagan mencionó la brillante ciudad en la colina que podía construirse sin impuestos, y cuando Margaret Thatcher aseguró que de ninguna manera iba a dar media vuelta, por muchas lágrimas que se derramaran en su destrucción de quienes protegían los derechos de los trabajadores. Aquellos que nunca la habían experimentado comenzaron a hablar de una época dorada de bajos impuestos en la que siempre habría oportunidades para los que se esforzaran, mientras que los holgazanes perecerían en su propia pereza.

En dos breves generaciones, las mareas del corporativismo sin conciencia empezaron a propagarse y arrastraron la sangre, el sudor y las lágrimas de un siglo de derechos de los trabajadores industriales. Ahora, una nación que antaño tuvo el coraje de reconfigurar la sociedad, de crear el Servicio Nacional de Salud y el estado de bienestar moderno, elige Gobiernos que están en estrecha colaboración con las grandes empresas cuyo objetivo primordial es el beneficio para unos pocos en detrimento de la mayoría. Hemos pasado de ser una nación que desafió a Hitler mientras el resto de Europa yacía subyugada y oprimida a ser un país que se muestra timorato con los magnates y sus riquezas libres de impuestos en el extranjero.

Estos tecnócratas y expertos en recursos humanos han invertido la lucha que instigó mi generación para acortar distancias entre los más ricos y los más pobres. Han traicionado nuestro sueño de una sociedad equitativa con atención médica, vivienda y educación para todos. Han permitido que sea despedazada y vendida al mejor postor, y han roto su promesa de proteger la democracia y las libertades que corresponden a cada ciudadano de este país. No podemos permitir que esto ocurra en un silencio respetuoso. Murió demasiada gente buena. Fueron muchos los que sacrificaron sus vidas por ideales que han caído en el olvido demasiado rápido.

En este país se emplea la austeridad, junto con las políticas del miedo, como una ley marcial económica. Ha mantenido a los ciudadanos normales y corrientes a raya porque tienen miedo de perder sus empleos, de no poder pagar el alquiler, la tarjeta de crédito o las cuotas hipotecarias.

En los últimos tiempos, nuestros Gobiernos y los medios de comunicación de derechas han jugado con nuestra preocupación por la economía, por la situación del mundo y por nuestras vidas personales como si estuvieran atizando una hoguera. Han vendido miedo a la gente igual que los mercados venden pescado los viernes. Este miedo que nos hipnotiza está avivado en un perol de titulares sensacionalistas en los tabloides sobre la inmigración, los tramposos del sistema de bienestar, los escándalos sexuales y el terrorismo militante que lo que busca es liquidar la civilización occidental. Esta guerra perpetua contra el crimen, las drogas, el terror, la inmigración y los tramposos del sistema de ayudas sociales nos ha convertido en una sociedad que desconfía de lo desconocido, de lo débil y de lo pobre, en lugar de abrazar nuestra diversidad. Hemos desarrollado una hipervigilancia hacia riesgos imaginarios para nosotros mismos y para nuestra sociedad, pero nos hemos vuelto indiferentes a las amenazas que la austeridad crea en nuestros barrios, en nuestras escuelas, en nuestros hospitales y en nuestros amigos.

Por desgracia, la política del miedo funciona. La gente se ha vuelto indiferente a las preocupaciones de los que están en peores condiciones que ellos. Es lógico, al fin y al cabo, porque hoy en día la vida es difícil para la inmensa mayoría de la gente en Gran Bretaña. Los altibajos de nuestras economías personales nos tienen hasta tal punto consumidos que difícilmente puede esperarse que pensemos en los de los demás. Nos preocupamos, nos agobiamos; tememos por nuestra propia salud y por la seguridad y el futuro de nuestros hijos. En la actualidad vivimos siempre presa del pánico por nuestros trabajos, por nuestro inevitable despido en el trabajo. Nos angustia la salud de nuestros padres y el no saber si podrán apañárselas con su fondo de pensiones. Nos preocupa ser capaces de ahorrar lo suficiente para liberarnos del trabajo durante unos cuantos años antes de que la...

Dateiformat: EPUB
Kopierschutz: Wasserzeichen-DRM (Digital Rights Management)

Systemvoraussetzungen:

Computer (Windows; MacOS X; Linux): Verwenden Sie eine Lese-Software, die das Dateiformat EPUB verarbeiten kann: z.B. Adobe Digital Editions oder FBReader - beide kostenlos (siehe E-Book Hilfe).

Tablet/Smartphone (Android; iOS): Installieren Sie bereits vor dem Download die kostenlose App Adobe Digital Editions (siehe E-Book Hilfe).

E-Book-Reader: Bookeen, Kobo, Pocketbook, Sony, Tolino u.v.a.m. (nicht Kindle)

Das Dateiformat EPUB ist sehr gut für Romane und Sachbücher geeignet - also für "fließenden" Text ohne komplexes Layout. Bei E-Readern oder Smartphones passt sich der Zeilen- und Seitenumbruch automatisch den kleinen Displays an. Mit Wasserzeichen-DRM wird hier ein "weicher" Kopierschutz verwendet. Daher ist technisch zwar alles möglich - sogar eine unzulässige Weitergabe. Aber an sichtbaren und unsichtbaren Stellen wird der Käufer des E-Books als Wasserzeichen hinterlegt, sodass im Falle eines Missbrauchs die Spur zurückverfolgt werden kann.

Weitere Informationen finden Sie in unserer E-Book Hilfe.


Download (sofort verfügbar)

8,99 €
inkl. 7% MwSt.
Download / Einzel-Lizenz
ePUB mit Wasserzeichen-DRM
siehe Systemvoraussetzungen
E-Book bestellen