Sabiduría griega y paradoja cristiana

 
 
Ediciones Encuentro (Verlag)
  • 1. Auflage
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  • erschienen am 16. April 2020
  • |
  • 302 Seiten
 
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978-84-1339-343-8 (ISBN)
 
El éxito extraordinario de los libros del sacerdote y humanista Charles Moeller dan nueva actualidad a Sabiduría griega y paradoja cristiana, una de sus primeras obras. En ella Moeller, que ha inaugurado un género literario nuevo, el de la crítica literaria y teológica, analiza y contrasta las relaciones entre el mundo griego y el cristianismo a través de sus respectivas concepciones del Mal, del pecado y de la libertad, ciñéndose a grandes autores como Virgilio, Racine, Cicerón, Shakespeare, Platón, Dostoievski y otros. El 'hombre nuevo' de san Pablo en contraposición al hombre antiguo del mundo clásico.

Charles Moeller nació en Bruselas, Bélgica, el 18 de enero de 1912. A los 13 años, su hermano le llevó a una reunión ecuménica organizada por Lambert Baudouin, defensor de la unión de Iglesias. Esta reunión significará el origen de su futura pasión por el ecumenismo. Después de estudiar Humanidades Clásicas, se formó en el seminario de Malines y consagró mucho tiempo al estudio de los clásicos griegos, pero también al de los autores de su tiempo. Fue ordenado en 1937 y nombrado profesor en el Colegio de Sain-Pierre. Defensor de las humanidades tradicionales, que estimaba indispensables para la permanente transmisión de la herencia cultural, fue profesor de filosofía en Lovaina. Su valor como teólogo le valió participar en el Concilio Vaticano II. Nombrado subsecretario de la Congregación de la doctrina de la fe, se instaló en Roma. A finales de los años 60, el papa Pablo VI le llamó para dirigir el Instituto Ecuménico de Jerusalén, del que fue rector. Fue miembro de la Academia Francesa desde 1970 hasta 1986. Falleció en Bruselas el 3 de abril de 1986.
  • 1,74 MB
978-84-1339-343-8 (9788413393438)
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Introducción: Objeto y método de este libro

El cristianismo contrajo con el helenismo, es decir, con una de las formas más perfectas del humanismo, un connubio indisoluble. Le debe, en buena parte, su triunfo en el mundo antiguo. Es imposible comprender ciertos aspectos del dogma sin recurrir a los conceptos grecorromanos que contribuyeron a elaborarlos. Esta unión del mundo cristiano y del mundo antiguo salvó la civilización en el curso de la Edad Media:

El visitante que entra en la nave de Santa María la Mayor se cree transportado al mundo antiguo. ¿Se halla en una iglesia cristiana o en el pórtico de Atenas donde los filósofos enseñaban la sabiduría? Sus bellas columnas coronadas de un arquitrabe, sus grandes líneas horizontales, sus vastos espacios, expresan paz y serenidad. Parece que Grecia haya ofrecido al cristianismo, a la manera de un obsequio, esta obra de su genio2.

El arte cristiano primitivo atestigua, pues, «el humanismo» de nuestra religión. El cristianismo no ha suprimido las grandes obras creadas por la humanidad antes de la venida de Cristo, sino que, por el contrario, las ha bautizado. En él, los valores humanos se convierten y coronan: jalonan la vía sagrada para el «Triunfo» del «héroe antiguo» más perfecto, esto es, Cristo. Lo que es cierto del arte del Renacimiento, lo es también del primer arte cristiano. ¡Qué dulzura humana, por ejemplo, qué lene y sedante luz dimana de estas líneas sobre la basílica de Santa Sabina, en Roma!:

Veinticuatro columnas corintias, estriadas con junquillos y labradas con el más puro mármol griego, confieren a Santa Sabina la perfección antigua. La columna constituye una de las obras maestras del genio helénico. La armonía de las proporciones, presidida por la unidad, auténtico distintivo de la columna; la leve dilatación del fuste, sugeridora de la geometría de la vida; la magnificencia del capitel... la delicadeza de las líneas entrantes y salientes de la basa, evocadora de las hábiles combinaciones de vocales breves y largas de los poetas líricos, en una palabra, todos esos refinamientos de la inteligencia y del gusto hacen de la columna griega una maravilla. Es emocionante ver esa perfección al servicio del Evangelio. Esas columnas semejan bellas sacerdotisas de los dioses, convertidas a la nueva religión3.

Nos hallamos, por tanto, en un clima de confianza en el hombre. La Iglesia católica se ha esforzado siempre en salvar lo más posible del «hombre viejo». Ha pensado en todo momento que ser un santo es también ser un hombre, y que el humanismo no se opone a la santidad, sino que encuentra en ella su coronación.

* * *

Tras haber puesto en el hombre una confianza rayana en la candidez, la Edad Moderna se despierta entre ruinas. La tragedia cunde por doquier. La «blandura de la vida» ha desaparecido. Nadie sabe cuándo retornará. «La tragedia de la condición humana, la angustia, la derrelicción, el absurdo, la nada»: tales son las palabras que alientan más o menos en el alma de nuestros contemporáneos. Y si no conocen esos vocablos, la trágica realidad los oprime a la manera del «destino» antiguo.

Una cosa es evidente ante las miserias actuales: un humanismo que no tuviera en cuenta los sufrimientos, los pecados y la muerte, que no los pusiera en el centro de su «visión del mundo», sería radicalmente incompleto, sería falso. Sin duda, no nos gusta recordar nuestro estado de pecadores, «merecedores de la muerte». Pero la muchedumbre de los «humillados y ofendidos» se ha hecho inmensa. Cubre la tierra. En esa multitud se pone de manifiesto «la tragedia de la condición humana», «la desnudez que constituye el sello distintivo de la condición del hombre». ¿Hay que hablar a todos esos desgraciados de «ciudad terrena», de confianza en el hombre, de «progreso» intelectual, de la paz del mañana, en el reino comunista, «donde no habrá más accidentes de tranvías»? Saben perfectamente que eso no alcanza a su mal profundo. Hace falta un médico más radical, una transformación más total.

La paradoja cristiana -sentido del pecado, «elevación del hombre» por el sufrimiento, muerte transfiguradora- debe ser reafirmada. Desde este punto de vista, el Evangelio se opone radicalmente a la «sabiduría» griega. Atenas y Jerusalén serán siempre las capitales de dos reinos, dos reinos que jamás se reconciliarán totalmente aquí abajo. Nietzsche lo vio claramente. Su culto al mundo griego abrióle los ojos en lo tocante a la profunda oposición que, desde este punto de vista, existía entre ambas religiones:

Los hombres de los tiempos modernos, de inteligencia tan embotada que no comprende ya el sentido del lenguaje cristiano, no captan siquiera lo que, para un espíritu antiguo, tenía de espantable la fórmula paradójica: Dios crucificado. Jamás en una conversación hubo nada tan atrevido, tan terrible, nada que despertara tantas dudas sobre todo lo establecido ni plantease tantas cuestiones. Esa fórmula anunciaba una transmutación de todos los valores antiguos (Más allá del Bien y del Mal, cap. III).

«Un dios no entra en relación con un hombre», decía Platón. Y Aristóteles agregaba:

El que tiene el pensamiento activo y cultiva en sí la inteligencia, no solo puede congratularse de estar en el mejor estado, sino, además, de ser el preferido de la divinidad. Pues si los dioses, según creencia general, se preocupan en cierto modo de nuestras cosas humanas, es razonable pensar que les complace en gran medida lo que, a sus ojos, aparece como lo mejor y más excelente, es decir, la inteligencia. Así, pues, recompensan a los que estiman y prefieren este modo de vivir, porque estos tales se preocupan de lo que los dioses aman, y obran justa y laudablemente. Ahora bien: es innegable que esa actitud es, ante todo, la adoptada por el sabio. Por consiguiente, él es el más amado de la divinidad (Ética a Nicómaco, X, 9).

El amor de Dios es, pues, motivado por la belleza moral de que el hombre es autor. ¡Qué mundo nuevo en estas palabras de san Pablo!:

Dios eligió a los necios según el mundo para confundir a los sabios; Dios eligió a los flacos del mundo para confundir a los fuertes, y a las cosas viles y despreciables del mundo, lo que no es, para reducir a la nada lo que es (I Cor., I, 27 y siguientes).

Ningún cristiano puede sustraerse a la verdad de estas palabras de fuego. En ellas refulge la esencia más pura del cristianismo, a la cual hay siempre que recurrir cuando el peligro amenaza nuestras frágiles construcciones humanistas. A este propósito, no estará de más releer estas palabras de Celso, uno de los adversarios más lúcidos del cristianismo:

¿Qué noble acción realizó Jesús para ser comparable a un Dios? ¿Despreció a los hombres, rióse de ellos, burlóse de lo que le sucedió? Si no lo hizo entonces, ¿por qué Jesús no muestra ahora, al menos, un carácter divino? ¿Por qué no se libera de esa ignominia? ¿Por qué no venga el crimen cometido contra su Padre y contra Él?4

Sería menester ignorar todo lo relativo a la antigüedad para no ver aquí el orgullo estoico de la virtud; el escándalo ante un Dios que acepta la fealdad y la humillación; la extrañeza ante la renuncia a la venganza.

* * *

Hace un instante hablábamos de basílicas y decíamos que el cristianismo aparecía como el coronamiento de la sabiduría antigua. Basta pasearse por Roma para encontrar muy pronto, en el arte cristiano, ejemplos del aspecto paradójico de nuestra religión. Cuando remontamos el Coelius por la antigua calle romana, el Clivus Scauri, vemos, a la izquierda, el ábside de la iglesia de San Juan y San Pablo. El muro del edificio, frente a la calle, es la fachada de una casa romana del siglo II: nuevo indicio de la utilización, por parte del cristianismo, de los tesoros de la antigüedad. Si proseguimos nuestro camino, llegaremos a una plazoleta solitaria, dominada por un campanario de tejas rosadas y estilo lombardo, que evoca la Roma áureo, de los peregrinos de la Edad Media. El interior de la basílica nos desilusionará por su lujo de oropel, vestigio de una época en que el humanismo cristiano era cabalmente «humano». Pero no nos desanimemos. Penetremos en los subterráneos sobre los cuales fue edificada la iglesia: nos hallamos en una casa romana del siglo II, con numerosas salas abovedadas:

El pavimento de una de ellas evoca un nínfeo o un baño lujoso. Los frescos representan divinidades marinas. En otra estancia, un bello friso de genios y amorcillos danzando entre pájaros y guirnaldas de follaje, diversas imitaciones de mármoles y una serie de ornamentos clásicos. Pero en la sala más bella pasamos bruscamente de lo pagano a lo cristiano: tenemos la sensación de encontrarnos en las catacumbas. La parte inferior de los muros está adornada de molduras efectistas y hermosos acantos: pero, más arriba, la decoración pagana fue borrada y substituida por símbolos cristianos: moruecos vueltos, de dos en dos, hacia un árbol; posibles representaciones de los apóstoles y, por último, una magnífica figura de Orante evocando la plegaria de la Iglesia5.

Advertimos, pues, la novedad del cristianismo en esta substitución de los símbolos paganos por nuevas representaciones de la vida y del destino. Nada tan emocionante para nosotros...

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