La favorita del Harén

 
 
Editorial Alrevés (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 13. Januar 2020
  • |
  • 256 Seiten
 
E-Book | ePUB mit Wasserzeichen-DRM | Systemvoraussetzungen
978-84-17847-36-4 (ISBN)
 
Vuelve el Harén del Tibidabo, el prostíbulo modernista más lujoso de Barcelona, con sus puertas de roble, los vitrales heráldicos y las gárgolas de castillo. Todo como salido de un cuento si no fuera porque el regente del burdel, el histriónico Emili Santamarta, se verá inmerso en una trama donde tendrá que defender inocentes en una lucha entre policías corruptos y, sobre todo, entre dos clanes que quieren hacerse con el monopolio del tráfico de armas y drogas de la ciudad: los De Santiago, peligrosos y a la vez sofisticados, y los Klein, comandados por dos despiadados enanos rechonchos de metro y medio, extremadamente crueles, que solo buscan venganza por la muerte de su querido hijo, Delfín. Una vez más, el escritor nos sumerge en una Barcelona violenta, oscura y sórdida con una galería repleta de personajes extravagantes y, cómo no, todo aderezado con el ácido y corrosivo humor de su protagonista principal, el exagerado y teatral Mili. Tras El Harén del Tibidabo, seguida de Todos te recordarán, Andreu Martín regresa con la segunda entrega de su Harén, donde una vez más la acción y la violencia corren a la velocidad de un disparo.
  • 1,28 MB
978-84-17847-36-4 (9788417847364)
weitere Ausgaben werden ermittelt

2
Periódicos llenos de mierda y visita de la Popotitos


Si la noche anterior no he tenido una orgía, una bacanal, un concurso de baile o alguna otra de las obligaciones que comporta mi negocio, salgo de la cama entre las siete y las ocho. Me despierta Maragda, mi colaboradora más madrugadora desde que abandonó la atención directa al cliente para hacerse cargo de la administración y el mantenimiento del Harén, y lo hace desde la puerta, encendiendo las luces, o entre las sábanas acariciándome, según la inspiración o manía o depresión con que hayamos terminado la noche anterior. Pero, ya sea desde la puerta o desde las sábanas, suele decir «Para ya de roncar, dormilón».

Dedico al cuarto de baño tanto tiempo como es necesario. Quizás en aquella época invertía más rato porque me había depilado el cuerpo, rapado y afeitado bigote y barba, pecho y espalda, sobacos, pubis y ombligo, y cada día en el espejo me encontraba con un desconocido encantado de saludarme. Antes, yo era peludo peludo, aquel paciente que le preguntaba al médico: «Doctor: ¿qué padezco?», y el médico me respondía: «Padece usted un ozito». Y ahora era una especie de bebé monstruoso y libidinoso. «Eh, Mili, te encuentro diferente, estás fantástico, ¿qué te has hecho?»

Me pongo ropa discreta, camiseta de marca sin distintivos, vaqueros y alpargatas de la calle de Avinyó, y salgo del dormitorio por la puerta disimulada detrás de la estantería cargada de libros que se desplaza a un lado sobre un raíl.

Atravieso una estancia que parece que no sirve para nada, como un cortafuego, donde se esconde el acceso al túnel que comunica con las alcantarillas, y accedo al almacén del restaurante, de allí a la cocina y, finalmente, llego al comedor. No hacía mucho que abríamos a primera hora de la mañana para servir desayunos a los trabajadores de las empresas de los alrededores. Cruasanes y café de primera calidad. Me instalo en un rincón y me pongo a leer los periódicos en diagonal.

Recordaréis aquella época. Empezaron a aparecer en la prensa noticias sensacionales protagonizadas por guardias civiles corruptos. Especialmente, en El Periódico. ¿Os acordáis? El primer escándalo estalló el miércoles 16 de octubre: un par de agentes del cuartel de la calle de Sant Pau, hermanos y conocidos como los Catalufos, fueron detenidos porque estaban implicados en una red de tráfico de mujeres albanesas y griegas. Las hacían adictas a la heroína y las traían a Cataluña para prostituirlas. Los Catalufos eran propietarios de un apartamento, en el Poble-sec, que se usaba como piso franco donde se alojaban las mujeres cuando llegaban aquí, antes de distribuirlas por diferentes prostíbulos. Aquel día, ilustraba la primera plana una fotografía donde se veía a un grupo de mujeres jóvenes, incluso demasiado jóvenes, apeándose de una furgoneta Mercedes con los distintivos de la Guardia Civil justo delante del domicilio de los Catalufos en el Poble-sec. Firmaba el reportaje Marissa Alavés, una conocida periodista especializada en sucesos y tribunales, y resultaba revelador que saltara la noticia pocas horas después de hacerse efectiva la detención. Interpreté que la reportera tenía la exclusiva antes que la Guardia Civil y que había avisado a los comandantes de la zona que estaba a punto de publicarla. Me los imagino alarmados suplicándole que no lo hiciera antes de que ellos hubieran resuelto el problema, quizás incluso la invitaron a participar en el operativo. Primero la detención y luego la noticia, este era el orden correcto.

Siguieron unos días de alboroto descontrolado en la prensa. Declaraciones de los oficiales jefes de zona, tertulias con teorías de lo más variadas, «Los independentistas falsifican pruebas para desacreditar a la Benemérita», «Asuntos Internos de la Guardia Civil inicia una investigación a fondo de trescientos agentes»...

Pero no fue por mucho tiempo, porque seis días después Marissa Alavés y El Periódico volvían a revolucionar a la opinión pública.

Lunes 21 de octubre: cuatro agentes de la Guardia Civil formaban una banda que se alquilaba para pegar palizas y extorsionar a tenderos en el barrio de Baró de Viver, en el distrito de Sant Andreu. Un vecino los grabó con su móvil cuando vapuleaban al dueño de una carnicería halal y, aunque vestían de paisano, los cuatro resultaban perfectamente identificables. En la semana siguiente, mientras la prensa digital e impresa, las radios y las televisiones y las tertulias públicas y de café se preguntaban a gritos qué estaba ocurriendo con la Guardia Civil en Barcelona, Asuntos Internos inculpó a una docena más de agentes por haber encubierto a los cuatro malhechores entorpeciendo investigaciones incoadas anteriormente y proporcionándoles coartadas falsas.

Intervino el Ministerio del Interior haciendo declaraciones institucionales donde se quitaba importancia a «hechos que no son tan extraños en ninguna policía del mundo» y se culpaba a la prensa de «alimentar el escándalo de manera malintencionada».

Marissa Alavés se hizo muy popular porque era ella quien firmaba los reportajes y porque la Guardia Civil la llevó al cuartel y la interrogó para que les revelara sus fuentes. La entrevistaban colegas de los medios más dispares para preguntarle: «¿Aparecerán más casos?».

Yo también sentía curiosidad. Aproveché un día que nos visitaba Semíramis para tratar de obtener más información. Semíramis, en el mundo real, se llamaba Priscila Arzúa, era sargento de la Guardia Civil y trabajaba en el Harén como colaboradora ocasional, cuando necesitaba algún plus económico o tenía ganas de marcha. No la teníamos fija ni constaba en ningún catálogo, y solo venía cuando quería y normalmente era ella quien se traía a los clientes. Como buena policía, era sumamente paranoica. El primer día, le dije que tenía un nombre muy comercial, como Priscilla, reina del desierto, y casi le dio un ataque. «¡Priscilla!», gritó. «¡Me descubrirían enseguida!» Le sugerí el nombre de Semíramis porque me recordaba a la Rhonda Fleming de Semíramis, esclava y reina, tan sexi, tan pelirroja y con bikini dorado bailando en la antigua Babilonia de Cinecittà.

La llevé al Despacho de Recibir.

Me observaba tensa esperando una mala noticia. Le pregunté:

-¿Qué sabes de estos escándalos de la Guardia Civil?

No sabía nada. Solo que los oficiales estaban muy nerviosos, investigando y pidiendo responsabilidades a gritos por los pasillos. Era evidente que alguien tenía un almacén de datos contra la Guardia Civil y estaba dispuesto a ir sacándolo a la luz.

-En todas partes hay cobardes e imbéciles. Son cobardes porque quieren ser delincuentes pero no se atreven. Creen que estarán más seguros si delinquen desde el otro lado de la raya roja. Como si no tuvieran que temer a los malos si colaboran con ellos. No tienen huevos para saltarse las leyes sin la protección del uniforme. Son unos mierdas. Y son imbéciles porque creen que no les puede pasar nada, que la placa les da el control absoluto, tanto en el cuerpo como en las líneas enemigas. Y es a la inversa: están pringados, son unos pringados. No entienden que están expuestos al chantaje por delante y por detrás. -Así hablaba Priscila. Es fantástica. Pero enseguida la vencía la paranoia. Parpadeaba y me miraba con desprecio, y suspiraba-: Como yo, por otro lado. Que sepas que en mi pistola reglamentaria tengo una bala...

-Con mi nombre -le repliqué-, sí, ya lo sé. Me lo dices cada vez que hablamos.

-Porque no quiero que lo olvides. Porque eres el único en el mundo que sabe quién es Semíramis. Y, si alguna vez, alguien se llega a enterar...

-No -me atrevo a corregirla-: Si alguna vez hubiera la posibilidad de que alguien se enterase...

-... Tendrás tu bala.

-Pero, entonces, Semíramis, reina de Babilonia, ¿por qué no lo dejas? Seguro que no necesitas la pasta que ganas aquí.

-Sí que la necesito. Pero, además, no lo dejo porque me gusta el peligro.

-Pero a mí no, coño. Y me acabas de amenazar con pegarme un tiro.

Una semana después de la noticia de los picoletos extorsionadores, como una maldición, el lunes 28 de octubre, festividad de San Judas Tadeo, ese apóstol tan inteligente que preguntó a Jesucristo cómo era que se manifestaba solo a sus discípulos y no a toda la humanidad de una vez, cosa que les ahorraría mucho trabajo, saltó a El Periódico un nuevo escándalo de la Guardia Civil de Barcelona.

Seis agentes destinados a aduanas portuarias tenían en una nave de la Zona Franca un contenedor con novecientos kilos de cocaína que iban vendiendo poco a poco, a través de una red propia. El contenedor había llegado procedente de Colombia hacía tres meses, nadie lo había reclamado y lo habían arrinconado en el fondo de un almacén donde esperaban que nadie lo detectara hasta que hubieran agotado la mercancía.

Una vez más, el reportaje venía firmado por Marissa Alavés e ilustrado con su foto de carné, donde se la veía risueña, la mar de ufana y lo bastante robusta, dura y descarada como para hacer frente a cualquier policía, delincuente, abogado o juez que se atreviera a enfrentarse con ella. Sus ojos decían «¿Qué pasa?». Me habría gustado conocerla.

Estaba leyendo el caso de los picoletos traficantes en la mesa del rincón, desayunando café con leche y cruasanes, cuando una chica muy delgada se dirigió al camarero y le preguntó por mí. Mili Santamarta.

Debió de parecerle que el camarero la ignoraba, porque mi empleado se disculpó y se entregó a un diálogo con su teléfono móvil. Me escribió un whatsapp....

Dateiformat: EPUB
Kopierschutz: Wasserzeichen-DRM (Digital Rights Management)

Systemvoraussetzungen:

Computer (Windows; MacOS X; Linux): Verwenden Sie eine Lese-Software, die das Dateiformat EPUB verarbeiten kann: z.B. Adobe Digital Editions oder FBReader - beide kostenlos (siehe E-Book Hilfe).

Tablet/Smartphone (Android; iOS): Installieren Sie bereits vor dem Download die kostenlose App Adobe Digital Editions (siehe E-Book Hilfe).

E-Book-Reader: Bookeen, Kobo, Pocketbook, Sony, Tolino u.v.a.m. (nicht Kindle)

Das Dateiformat EPUB ist sehr gut für Romane und Sachbücher geeignet - also für "fließenden" Text ohne komplexes Layout. Bei E-Readern oder Smartphones passt sich der Zeilen- und Seitenumbruch automatisch den kleinen Displays an. Mit Wasserzeichen-DRM wird hier ein "weicher" Kopierschutz verwendet. Daher ist technisch zwar alles möglich - sogar eine unzulässige Weitergabe. Aber an sichtbaren und unsichtbaren Stellen wird der Käufer des E-Books als Wasserzeichen hinterlegt, sodass im Falle eines Missbrauchs die Spur zurückverfolgt werden kann.

Weitere Informationen finden Sie in unserer E-Book Hilfe.


Download (sofort verfügbar)

3,99 €
inkl. 7% MwSt.
Download / Einzel-Lizenz
ePUB mit Wasserzeichen-DRM
siehe Systemvoraussetzungen
E-Book bestellen