Un buen lugar para reposar

 
 
Editorial Alrevés (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 1. März 2012
  • |
  • 256 Seiten
 
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978-84-15098-52-2 (ISBN)
 
Miles de mujeres conectadas a un sitio de Internet deseando conocer a alguien mejor que la panda de lamentables machos que hasta el momento han jalonado su vida. Miles de hombres conectados a un sitio de Internet deseando ligar, aunque solo sea para poder contarlo a los amigos. Una anciana de aspecto polvoriento a quien una poderosa inmobiliaria le está haciendo la vida imposible. Una plaza en L'Hospitalet de Llobregat que da la impresión de pertenecer a cualquier lugar del mundo excepto a la zona metropolitana de Barcelona. Un bibliotecario que ha visto demasiados muertos para preocuparse por uno más. Un amor inmortal con la fecha de caducidad demasiado cercana. Algún que otro sicario colombiano en pleno ejercicio de sus funciones. Y justo en medio de donde no debería estar, Atila, como no podría ser de otra manera. ¡Ah!, casi se quedaba en el tintero... Un gato muerto.

Después de dedicarse buena parte de su vida a ejercer de ejecutivo informático, decide abandonar para escribir novelas de género negro. Su primera novela, Putas, Diamantes y Cante Jondo, fue finalista del premio Mejor Primera Novela de 2005 otorgado por la Asociación de Novela Negra y Policíaca Brigada 21. Otras de sus novelas son 806 Solo para adultos, finalista del premio Yoescribo.com, Música para los muertos (2007) y Una Anciana Obesa Tranquila (2009). Ha publicado también ensayos y cuentos en diferentes medios culturales, como las revistas El coloquio de los perros y Prótesis o el fanzine LH' Confidential; su cuento 'Harlem' figura en la antología La Lista Negra que reúne a los nuevos valores de la novela policíaca española. Asimismo, su conferencia sobre la importancia del jazz y el blues en la novela negra, se incluye en el libro Geografías en Negro. Complementa su tiempo asistiendo como invitado a conferencias y mesas redondas en torno a su tema preferido, novela negra, jazz y blues.
  • 1,01 MB
978-84-15098-52-2 (9788415098522)
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Alguien mató a mi gato


-Colgué un perfil en una de esas webs de Internet en la que hombres y mujeres se buscan, en teoría con fines más o menos matrimoniales, y en la práctica para ver qué sale.

-Sí, he oído hablar de ellas.

-Sí, claro. El mensaje de mi perfil decía: «Macho insensible y poco dotado para el amor busca mujer que lo redima». Nada más.

-Supongo que no le escribió nadie.

-Supone mal, señor Atila.

-¿Le escribieron?

-Usted no conoce a las mujeres -me dijo aquel tipo.

No le respondí. Esa es una cuestión sobre la que vengo meditando hace años, y siempre acabo llegando a la misma conclusión a la que había llegado él sin necesidad de pensar tanto.

-Su mayor ilusión es redimir a un hombre. No importa cuáles sean sus defectos y la cantidad de ellos que tenga. Cuanto más impresentable sea el hombre, más tentadas se sienten a probar suerte. Me escribían en un número notable, era la gloria.

-En cuanto usted se largue colgaré yo mi perfil. ¿Me permite que le copie el tono del mensaje?

-No sé qué decirle. ¿Tiene usted gato?

-No, ¿es alguna condición para formar parte del sitio?

-No, no lo es, pero sospecho que una de ellas mató a mi gato. Esa es la razón por la que he venido a verle.

-¿Por qué cree que fue una de ellas quien mató a su gato?

-Porque con la sangre del gato escribió un mensaje en la pared; decía: «Mientras lo degollaba pensaba en ti, mi amor. No te olvido».

-¿Cuándo sucedió eso?

-Ayer. Regresé a casa a las diez de la noche y lo encontré tendido en el recibidor, el cuerpo del pobre animal aún no estaba rígido.

-¿Estaba caliente, aún?

-No lo sé, solo recuerdo que no estaba rígido porque al tomarlo en brazos, el cuerpo se dobló.

-¿Tiene usted alguna idea acerca de quién haya podido ser?

-No, cuando he salido con ellas, ninguna me ha parecido loca.

-¿Con cuántas mujeres ha salido?

-En los aproximadamente siete meses de presencia en el sitio, con diez.

-No, yo me refiero con las que ha tenido relaciones íntimas.

-Sí, yo también me refiero a esas.

Presté atención al aspecto físico del hombre que se sentaba a mi lado en la última mesa del locutorio de la calle Escudellers. Esa mesa es mi oficina, no tengo otra, así van los negocios. O así voy yo, según lo miren.

Se trataba de un tipo de unos cuarenta años, un metro setenta y cinco de estatura, alrededor de los setenta kilos de peso. Tenía un pecho estrecho que se ensanchaba en la cintura. Su cabeza mostraba una calvicie incipiente y su cara tenía todo el aspecto de no sufrir mucho desgaste sonriendo.

¡Y con aquella pinta el hombre se había beneficiado a diez mujeres distintas en siete meses!

«Yo también me refiero a esas.» Lo dijo con una modestia que resultaba dolorosa.

-Si le digo que se compre otro gato y siga luchando, no me lo va a agradecer, supongo.

-No. Tengo miedo, esa es la razón por la que estoy aquí.

-¿Ha ido a la policía?

-Sí. Me dijeron algo muy parecido a lo que me acaba de decir usted. También me dijeron que si yo resultaba agredido, entonces ellos tenían motivo para intervenir. No me dijeron qué harían si ella me degollaba como hizo con el gato.

-¿Y qué quiere que haga, yo?

-Quíteme a esa loca de encima. No me importa cómo lo haga.

-De acuerdo, haré lo que pueda, entraré en ese sitio de Internet. Usted tendrá que darme el nombre de todas las mujeres con las que ha tenido relaciones íntimas.

-Sí, no hay problema, le daré sus nicks.

-¿El nick es un nombre de guerra?

-Sí, un apodo. También le puedo facilitar otros datos.

-Y cincuenta euros diarios más gastos, es mi tarifa.

-Sí, no hay problema, pero sáquemela de encima. Vivir con esa presión es un martirio insoportable. Cualquier ruido que escuche sin haberlo provocado yo, y aun así, es un sobresalto. Si camino de noche y una sombra se cruza con la mía, tengo un sobresalto y debo contenerme para no gritar.

-¿Le prometió a alguna de ellas matrimonio o algo parecido?

-Lo único que les prometo es que no tengo el sida.

-¿Y no lo tiene?

-Claro que no.

-¿Necesito alguna contraseña para entrar en el sitio?

-No. Usted puede entrar libremente y curiosear los perfiles, lo que no puede hacer es ponerse en contacto con ellas. Para eso debe inscribirse y pagar una cuota.

Cuando el tipo se marchó le pregunté a Lena si lo encontraba físicamente deseable.

Me contestó que yo era más guapo. El caso empezaba bien.

Lena es la encargada del locutorio. Es argentina, se ha casado, o algo parecido, con el dueño del locutorio, un tipo que se llama Samuel y simula creer que, como ella le ha dicho, yo soy su primo. Un primo de Salta, afincado en España desde hace años, tantos que hasta tiene acento barcelonés. Tal vez ese exceso de credulidad se deba a que lo único que sabe de Salta es que está más lejos de Barcelona que Ciudad Real.

Todo eso viene a cuento porque antes de casarse, o algo parecido, Lena y yo éramos amantes, y ahora Samuel se conforma con que ya no lo seamos. El tipo es un filósofo, aunque al no tener ni puta idea de quién fue Sócrates, quizás simplemente sea un pasota.

En fin, yo me conformo con ser el primo salteño de Lena, y de esa manera tener oficina gratis, aunque esa oficina sea la última mesa de un locutorio cutre en la calle Escudellers, una de las zonas más lamentables del barrio Chino barcelonés. Mi barrio.

Cuando Lena se casó, o algo parecido, con Samuel -hubo celebración pero no vi a nadie que los declarase marido y mujer-, me pidió que me portase bien y que ella se comprometía a mantener mi mesa de trabajo en las mismas condiciones económicas de antes. O sea, sin condiciones.

Me pareció un trato justo y me porto bien.

Me llamo Atila y soy detective privado. Ando siempre al borde del alcoholismo y el desarraigo, aunque he vivido momentos más difíciles que los actuales. Ahora, al menos, hay una mujer en mi vida que me mantiene en un estado de cordura aceptable.

La mujer se llama Valentina.

El tipo que me acababa de contratar se llamaba José Ramón Bello. Un apellido cojonudo para un tipo poco atractivo como él.

El tipo estaba triste porque una loca había degollado a su gato, y tenía miedo de que ahora lo degollase a él.

Pero eso ya lo saben.

Yo tenía, para empezar, un par de hojas con un montón de datos que me había facilitado José Ramón Bello. Ya los iremos viendo.

También tenía trescientos cincuenta euros que había cobrado de aquel tipo, en concepto de adelanto. Onasis empezó con menos. Pero eran otros tiempos.

Aun así, yo me veía como un potentado. Decidí invitar a comer a Carrito. Lo hago de vez en cuando, en una ocasión me salvó la vida.

Carrito no estaba en casa cuando lo fui a buscar, y comí solo en un restaurante pakistaní de los muchos que hay en el Raval, el barrio donde vivo. Fue una de esas comidas tristes que jalonan mi vida. El camarero tenía las uñas sucias, pero tuvo la delicadeza de no meter los dedos dentro del plato de sopa.

Más tarde, con el recuerdo de las uñas del camarero pakistaní, fui a casa y estudié los datos que me había dado José Ramón Bello.

El hombre era del tipo minucioso. En la relación figuraban diez nombres de mujeres: entre sus datos figuraban el nick con el que se identificaban en la web de contactos y el teléfono móvil; en seis casos, la dirección de su domicilio particular, y, cuando lo sabía, la actividad laboral de la mujer en cuestión. Un dato curioso que incluía la relación era el número de veces que había mantenido relaciones sexuales con cada una de ellas: el máximo era de doce veces; el mínimo, de una sola. También tenía relacionados la edad y el estado civil. En algún caso, en anotación al margen había incluido algún dato que él consideraba de interés, cosas del tipo: «Odia a su exmarido» o «Aficionada a perversiones sexuales, hasta donde yo sé, leves» o «Tiene dos o tres nicks más, en esta y otras webs de contactos». En ningún caso figuraba puntuación acerca de sus aptitudes sexuales, así que, o mi cliente era un fulano delicado o no había considerado interesante que yo tuviese aquel dato.

Durante el tiempo que dediqué a estudiar aquella relación, uno de mis vecinos, concretamente alguien del tercer piso, visitó el inodoro en cuatro ocasiones, la cañería de desagüe del tercero pasa muy cerca de mi cama. En realidad todas las cañerías de desagüe pasan muy cerca de mi cama, es lo que tiene vivir en un antiguo cubículo de portero de quince metros cuadrados, contando mi propio inodoro.

¿Alguien había pensado que tener la oficina radicada en una mesa de locutorio era un detalle exótico por mi parte?

No, créanme, a mí me gustan las oficinas lujosas, las luces indirectas, las mesas amplias de caoba, las secretarias de largas piernas y los clientes cargados de pasta, cosas así de prosaicas. Claro que, más prosaico que un colector de desagües sobre tu cabeza o la última mesa de un locutorio en el barrio más cutre de Barcelona...

Después de releer los datos que tenía en las manos, tomé la primera decisión: dividiría a las diez mujeres en dos grupos de cinco, y no me dedicaría a un grupo hasta haber revisado el precedente.

La composición del primer grupo era...

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