El palazzo inacabado

Arte, amor y vida en Venecia
 
 
Ediciones Siruela (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 20. November 2019
  • |
  • 408 Seiten
 
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978-84-17996-42-0 (ISBN)
 
Sensacionales y extraordinarias historias de la Venecia moderna que nos revelan la forma en que eligieron vivir tres de las mujeres menos convencionales y más fascinantes del siglo XX. omega replica zowatch.com El Palazzo Venier dei Leoni fue proyectado como muestra del poder y la riqueza de esa gran familia veneciana. Se empezó a construir en 1750, pero se abandonó cuando solo se había levantado una altura. Vacío y deteriorado, il palazzo non finito permaneció arrumbado en medio de la aristocrática arquitectura de la ciudad durante más de un siglo, hasta que se rehabilitó y fue habitado sucesivamente por las tres mujeres cuya historia se cuenta en este libro cautivador. Luisa Casati, Doris Castlerosse y Peggy Guggenheim vivieron en distintas épocas en el palazzo, donde cambiaron el rumbo de su vida y lograron, cada una a su manera, que el edificio se hiciera célebre. En este particular escenario recibieron visitas de personalidades tan emblemáticas en la historia del siglo XX como: Gabriele D;Annunzio y Vaslav Nijinsky o Yoko Ono, pasando por Noël Coward, Winston Churchill y Cecil Beaton, entre otros. 'Serio, escrito con elegancia y atractivo. Al final del libro, el complejamente condenado y muy alterado Palazzo Venier acaba pareciendo un espejo de sus ocupantes. La realización personal a menudo está ligada a lo inmobiliario, y raramente es esto más cierto que en el caso del palazzo non finito'. The Wall Street Journal 'Un retrato social impresionante, que profundiza en unas vidas privilegiadas al mismo tiempo que da forma al espectáculo que crearon'. The Washington Post

Judith Mackrell es crítica de danza del diario británico The Guardian. También es la exitosa autora de varias obras biográficas, una de las cuales entró en la selección de los Costa Book Awards en la categoría de Biografías.
  • 11,44 MB
978-84-17996-42-0 (9788417996420)
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Introducción

 

 

El Palazzo Venier dei Leoni a finales del siglo XX, sede de la colección de Peggy Guggenheim.

 

Una calurosa tarde de septiembre de 1913 se formó un atasco en el Gran Canal de Venecia, cuando las góndolas que trasladaban a los invitados a una fiesta, todos ellos prolijamente disfrazados, convergieron en la extensión oriental del agua, allí donde esta empezaba a abrirse hacia la laguna. Edificios de gran distinción flanqueaban esa parte del canal. Sus fachadas resplandecían con la luz de unas enormes lucernas de cristal suspendidas en las plantas superiores, que recibían desde las aguas inferiores el reflejo de su propia magnificencia. Sin embargo, en mitad de esa clásica escena veneciana un edificio destacaba sobre el resto como un diente quebrado. Con tan solo una planta, el Palazzo Venier dei Leoni parecía encontrarse en un estado poco menos que de abandono: sus muros de piedra blanca estaban cubiertos de hiedra, y su tejado, tachonado de agujeros.

Era a aquel edificio, no obstante, adonde se dirigían las góndolas. Un halo de luces doradas tremolaba sobre su tejado, podía escucharse una música procedente de sus jardines, y sobre la amplia terraza a orillas del lago tenía lugar una espectacular escena de bienvenida. Dos negros de metro ochenta, disfrazados como esclavos nubios, se hallaban a ambos lados de las escalinatas que daban al vestíbulo; uno de ellos tocaba un gong ceremonial para anunciar la llegada de los barcos, el otro arrojaba limaduras de metal a un brasero, provocando con ello una llamarada de luz blanca que se alzaba hacia el cielo nocturno. Un poco por detrás se dejaba ver la anfitriona de la fiesta, una mujer alta y esbelta, envuelta como una princesa persa en un disfraz de gasas en blanco y oro. Ocupaba el centro de un enorme platel rebosante de nardos; y, mientras recibía a sus invitados, no murmuraba una sola palabra de bienvenida, ni esbozaba una sonrisa de reconocimiento; simplemente se inclinaba para entregar a cada cual una solitaria flor.

Durante los tres años en los que la marquesa Luisa Casati había residido en el Palazzo Venier, tanto ella como sus fiestas se habían convertido en pábulo de las leyendas locales. Aunque era por naturaleza profunda y excéntricamente tímida, se sentía dotada de un alma de artista, y estaba convencida de que su especialidad como tal consistía en transformar cuanto la rodeaba, así como a ella misma, en una obra de arte. Ni siquiera en una ciudad famosa por sus carnavales y mascaradas había nada que pudiera compararse a la puesta en escena de sus espectáculos, en los cuales los invitados solo tenían que representar un papel. Aquella noche de septiembre los hombres y mujeres que desembarcaban de las góndolas, y a los que la marquesa aguardaba en silencio, adusta, entre los nardos, eran destacadas figuras de la alta sociedad vestidas con pantalones bombachos, pintores de mediana edad tocados con turbantes y barbas postizas -una colorida y afectada mezcolanza de esclavas, bajás y embotinados corsarios-.

Las fiestas orientales estuvieron muy en boga aquel último verano antes de la Gran Guerra, pero pocas tuvieron un escenario tan apropiado como aquel. En cuanto los invitados de la marquesa trasponían el desmoronado pórtico del palazzo, se topaban con una escena de inverosímil fantasía. En lugar de la lúgubre extensión de mármol típica de cualquier vestíbulo, lo que había era un salón pintado en oro, resplandeciente de espejos y tomado por la ruidosa cháchara de monos y cotorras. Al otro lado del salón se extendía un descuidado jardín en el que pavos reales de color blanco, galgos de pura raza y un guepardo a medio domesticar se paseaban entre estatuas bañadas en oro. Mientras los camareros, vestidos con brocados teñidos de vivos colores, servían copas de champán, y una banda negra de jazz tocaba tangos y ragtime, el mundo que aquella noche Luisa había creado en su palazzo se antojaba un punto de encuentro entre Oriente y Occidente tan rebuscado y exuberante como la propia historia de Venecia.

 

 

El mundo de Luisa no podía haber sido más distinto de la visión que había inspirado a la familia Venier a encargar el palazzo a mediados del siglo XVIII. Los Venier constituían una de las grandes dinastías venecianas, cuyo origen se remontaba a los emperadores Valeriano y Galieno, quienes habían gobernado Roma en el siglo III; afirmaban ser los primeros pobladores de Venecia, allá por el tiempo en que Venecia no era más que un islote, un precario puesto avanzado rescatado del fango, los pantanos y el mar.1*

 

 

El palazzo tal y como fue proyectado por la familia Venier a mediados del siglo XVIII, un monumento al orgullo dinástico.

 

Mientras la ciudad se expandía hasta convertirse en una poderosa república, los Venier también crecían en importancia. Era una de esas cerradas castas familiares listadas en el Libro de Oro de la nobleza de la ciudad (donde se conservaba el registro de aquellas personas cualificadas para ocupar altos cargos): habían servido como magistrados, procuradores, arzobispos, almirantes y cónsules. Habían alcanzado la cima de su gloria en 1571, cuando su más distinguido patriarca, el almirante Sebastiano Venier, condujo a la flota veneciana a una histórica victoria contra los turcos. Por más que el almirante contara setenta y cinco años cuando combatió en la batalla de Lepanto - y por más que se viera obligado a calzar pantuflas, de tan terriblemente encallecidos como tenía los pies, y estuviera demasiado débil para cargar con su propia ballesta-, fue el fuego de Sebastiano el que se cobró las primeras víctimas entre los turcos, y su coraje el que impulsó la flota hasta su victoria. Más tarde, el almirante sería tratado con todos los honores por una ciudad agradecida. Tintoretto pintó su retrato -un sabio guerrero de cabellos de plata en su brillante armadura-, y fue elegido magistrado por unanimidad.

Los Venier tuvieron aún más éxito como mercaderes que como políticos, y sus riquezas se extendieron más allá de los confines de la propia ciudad. Si alguna vez se hablaba de sus negocios entre rumores de corruptelas, si se decía que los barcos de los Venier llevaban a cabo operaciones de piratería en los márgenes del Imperio veneciano, no les faltaba dinero para limpiar su reputación. Por toda Venecia, en un creciente número de monumentos, iglesias, calles y palacios empezaba a airearse el nombre de Venier, incluyendo el viejo palazzo torreado que se levantaba en la orilla del Dorsoduro del Gran Canal, principal residencia de la familia desde mediados del siglo XIV.

En 1749, el palazzo había sido parcelado para acomodar a varias ramas de la familia, y Nicolò Venier y su hermano se dispusieron a ocupar también el solar vacío que se extendía al lado. Contrataron al arquitecto Lorenzo Boschetti para que diseñase un nuevo y moderno edificio a la mayor gloria del orgullo de los Venier, un palazzo neoclásico de cinco plantas con piso inferior, entreplanta, dos piani nobili y un ático. No solo iba a ser una de las propiedades privadas más altas en aquel tramo del canal, sino también la más ancha.

La familia era consciente de que tendría que esperar dos o quizá tres décadas para ver materializada su idea. Había habido un breve retraso al comienzo del proyecto: por alguna razón, Boschetti lo puso en manos de un arquitecto más joven, Domenico Rizzi, y no fue hasta 1752 cuando comenzó la tarea de colocar los cimientos. Dado que se trataba de un terreno pantanoso, ya era un proyecto de por sí complicado: se hizo preciso talar un bosque de esbeltos pinos y asentarlos en las profundidades del lodo veneciano para poder sostener la delgada plataforma de madera y ladrillo sobre la que descansaría el edificio. Parte del personal que trabajaba en el lugar, asediado en verano por los mosquitos, en otoño por las altas mareas y en invierno por unas frías y húmedas nieblas, no estaba seguro de llegar a ver alguna vez el edificio terminado. Pero la familia Corner, que vivía en la orilla opuesta del canal, observaba sus avances con una atención empecinada, hostil. Su propio palacio, conocido en el lugar como Ca' Grande, dominaba desde hacía mucho tiempo el vecindario, pero al ver que el palazzo Venier se alzaba lentamente por encima del nivel del suelo, los Corner comprendieron que iban a verse eclipsados por un edificio de proporciones aún más arrogantes.

Tanto el orgullo de la familia Corner como las vistas de los Corner sobre Venecia se vieron amenazados, y los Corner elevaron una petición al Ayuntamiento para exigir que el proyecto de los Venier redujera sus dimensiones o que incluso fuera detenido. El trabajo continuó, sin embargo, hasta que la sección delantera del sótano y el piso inferior estuvieron casi terminados. Las tres columnas que un día constituirían el pórtico de triple arco ocupaban ya su lugar, y, descollando de la base del edificio había ocho cabezas de león, con sus ocho bocas talladas en idénticos gruñidos regios.

 

 

Il palazzo non finito: el malogrado proyecto de edificación de los Venier, en un grabado de 1831.

 

Pero en aquel punto, la construcción del Palazzo Venier dei Leoni se vio de pronto interrumpida. Se han dado muchas explicaciones al respecto, pero, como suele suceder con el folclore veneciano, ninguna se...

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