No duermas más

 
 
Ediciones Siruela (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 13. Februar 2020
  • |
  • 216 Seiten
 
E-Book | ePUB mit Adobe DRM | Systemvoraussetzungen
978-84-18245-10-7 (ISBN)
 
Por primera vez en castellano, seis relatos maestros de la última gran dama del crimen. 'Sus protagonistas creen en la inteligencia casi tanto como en la bondad. Y en el fondo, ese es el poso de la taza de té que puede servirnos un domingo de lluvia P. D. James'. Carlos Zanón, El País 'Una P. D. James en la plenitud de su arte que desafía con regocijo y astucia todas las expectativas'. The Guardian 'No duermas más', las palabras que aterrorizaron a Macbeth bien podrían aplicarse también a los personajes de las seis historias aquí recogidas: profesores autoritarios que reciben su merecido, matrimonios infelices e infancias desgraciadas que encuentran su revancha, el nuevo dueño de una mansión asesinado en la madrugada del día de Navidad, un octogenario que planea un exquisito castigo desde su residencia de ancianos... La venganza ;ese oscuro móvil; es el auténtico motor de cada una de estas tramas, en las que las penitencias impuestas a los culpables parecen estar dictadas más por las fuerzas invisibles de la justicia natural que por las de la ley humana. P. D. James logró dotar a los clásicos de la edad de oro de la ficción detectivesca con una mayor hondura psicológica y moral, brindándoles así una segunda época de esplendor. En estos relatos maestros ;siempre entre el homenaje y la ironía;, demuestra una vez más por qué está considerada unánimemente como la última gran dama del crimen.

P. D. James (Oxford, 1920-2014) estudió en Cambridge y trabajó durante veinte años en el Servicio Nacional de Salud y en el Ministerio de Interior, primero en el departamento de policía y más tarde en el departamento de política criminal. Fue miembro del Arts Council, del British Council, de la Royal Society of Literature, de la Royal Society of Arts, directora de la BBC y magistrada en Middlesex y Londres. Escribió más de una veintena de obras y recibió los más destacados premios del género. Además fue doctora honoris causa en siete universidades británicas, fue elegida presidenta de la Society of Authors y recibió la Orden del Imperio Británico.
  • 0,70 MB
978-84-18245-10-7 (9788418245107)
weitere Ausgaben werden ermittelt

La víctima

Sin duda conocerán ustedes a la princesa Ilsa Mancelli. Quiero decir que la habrán visto en el cine, en la televisión, fotografiada en los periódicos cuando llega a algún aeropuerto con su último marido, relajándose en su yate, enjoyada en las noches de estreno, noches de gala, en cualquier noche y en cualquier lugar donde los ricos y famosos tienen la obligación de prodigarse. Incluso si, como yo, no sienten más que un hastiado desdén por lo que creo llaman la jet set internacional, es difícil que vivan en el mundo sin conocer a Ilsa Mancelli. Y no pueden haber dejado de oír ciertas historias sobre su pasado. Su breve y no especialmente gloriosa carrera en la gran pantalla, cuando ni siquiera su belleza de infarto podía compensar la falta de talento, o la sucesión de matrimonios, primero con el productor de su primera película, que rompió una relación de veinte años para estar con ella, luego con un millonario texano y, por último, con un príncipe. Hace unos dos meses vi una foto suya, sensiblera hasta la náusea, con su hijo de dos días en una clínica de Roma. Parece que esta unión, santificada por la riqueza, un título nobiliario y la maternidad, podría convertirse en su última aventura.

El marido anterior al productor de cine, lo sé, ya nunca se menciona. Quizá su agente teme que una muerte violenta en el seno familiar, sobre todo una muerte violenta sin esclarecer, pueda empañar su brillante imagen. Belleza y sangre. En los inicios de su carrera, no pudieron resistirse a un morbo tan barato. Pero ahora es diferente. Hoy en día, su pasado más remoto, antes de que se casara con el productor de cine, se ha vuelto un poco oscuro, aunque se sugiere una ascendencia humilde y un esfuerzo apropiadamente recompensado. Yo soy la parte más oscura de esa oscuridad. Sepan lo que sepan, o lo que crean saber, sobre Ilsa Mancelli, no habrán oído hablar de mí. La máquina publicitaria ha decretado que me convierta en un ser anónimo, sin rostro, olvidado, que deje de existir. Irónicamente, la máquina tiene razón: en realidad, no existo.

Me casé con ella cuando era Elsie Bowman y tenía diecisiete años. Yo era auxiliar en la biblioteca local y le sacaba quince; un virgen de treinta y dos años, académico frustrado, de rostro enjuto, un poco encorvado, con el escaso cabello ya clareando. Ella trabajaba en la sección de cosméticos de los almacenes de High Street. Ya era hermosa entonces, pero tenía un encanto frágil, vacilante, poco sofisticado, apenas una promesa de la refinada y madura belleza que posee hoy. Nuestra historia fue muy corriente. Fue a devolver un libro a la biblioteca una tarde que yo estaba en el mostrador. Charlamos. Me pidió consejo sobre novelas para su madre. Pasé tanto tiempo como me atreví buscándole algunos títulos en las estanterías. Traté de conseguir que se interesara en los libros que me gustaban a mí. Le pregunté por ella, por su vida, por sus ambiciones. Era la única mujer con la que había sido capaz de hablar. Me quedé prendado de ella, total y absolutamente enamorado.

Solía almorzar temprano y hacía furtivas visitas a los almacenes para verla desde la sombra de una columna cercana. Recuerdo una imagen que, incluso ahora, hace que se me pare el corazón. Se había echado unas gotas de perfume en la muñeca y extendía el brazo desnudo por encima del mostrador para que un posible cliente pudiera oler la fragancia. Estaba absorta por completo y su joven rostro tenía una expresión seria y ensimismada. La observé, en silencio, y sentí que las lágrimas me escocían en los ojos.

Fue un milagro que aceptara casarse conmigo. Su madre (no tenía padre) aceptó aquel matrimonio sin demasiado entusiasmo. No me consideraba, como dejó bien patente, un gran partido. Pero yo tenía un buen trabajo con ciertas perspectivas de futuro, era culto, formal y digno de confianza y hablaba con un acento académico que, aunque ella fingía ridiculizar, hizo elevar mi estatus a sus ojos. Además, una boda cualquiera para Elsie era mejor que ninguna. Yo era vagamente consciente, cuando me paraba a pensar en la relación de Elsie con cualquiera que no fuese yo, de que su madre y ella no se llevaban bien.

La señora Bowman hizo, como ella misma lo describió, un despilfarro. Tuvimos coro completo y repique de campanas. Reservamos el salón de la iglesia y ofrecimos un banquete, ostensiblemente inapropiado y de mala calidad, a ochenta invitados. Entre punzadas de nerviosismo e indigestión, reparé en los sonrientes camareros, con sus chaquetillas blancas, un par de risueñas damas de honor, de los almacenes, con brazos pecosos a punto de reventar las mangas de tafetán rosa, y efusivos parientes con el rostro encendido y prendidos de claveles y cimbreantes hojas de helecho en la solapa que hacían chistes indiscretos y me daban fuertes palmadas en la espalda. Hubo discursos y champán caliente. Y, en medio de todo aquello, Elsie, mi Elsie, como una rosa blanca.

Supongo que fue una estupidez por mi parte pensar que podría conservarla. La mera visión de nuestras caras por la mañana, sonriendo al reflejo del otro en el espejo del dormitorio, debería haberme advertido de que aquello no duraría. Sin embargo, pobre tonto iluso de mí, nunca imaginé que podría perderla si no era a causa de la muerte. La suya no me atrevía a imaginarla y, por primera vez, empezó a asustarme la mía. La felicidad me había hecho un cobarde. Nos mudamos a una casa nueva, elegida por Elsie, nos sentábamos en sillas nuevas elegidas por Elsie, dormíamos en una cama con volantes elegida por Elsie. Era tan feliz que fue como entrar en una nueva fase de la existencia, respirar un aire diferente, ver las cosas más ordinarias como recién creadas. Uno no tiene por qué ser humilde cuando está profundamente enamorado. ¿Tan poco razonable es reconocer el valor de un amor como el mío, creer que el ser amado se ve de igual modo sostenido y transformado por dicho amor?

Me dijo que no estaba preparada para tener hijos y, como no trabajaba, se aburría con facilidad. Hizo un cursillo de taquimecanografía en la escuela técnica local y consiguió un puesto en la empresa de Collingford y Major. Así, al menos, es como empezó. Primero como taquimecanógrafa, luego secretaria del señor Rodney Collingford, luego secretaria personal, luego secretaria personal y confidente; en mi aturdido estado de arrobamiento amoroso, solo fui consciente a medias de aquella evolución: desde tomar notas de forma ocasional, cuando la que entonces era su secretaria no estaba, hasta hacer alarde de las joyas que él le regalaba y compartir su cama.

Él era todo lo que yo no era. Rico (su padre había hecho fortuna en la industria del plástico poco después de la guerra y legó la fábrica a su único hijo), de una belleza tosca y complexión curtida, musculoso, seguro de sí mismo, atractivo para las mujeres. Se preciaba de conseguir lo que quería. Elsie debió de ser uno de sus botines más fáciles de obtener.

Todavía me pregunto por qué querría casarse con ella. Entonces pensé que no pudo resistir la tentación de privar a un marido patético, desfavorecido y sin atractivo de un premio que dicho marido no merecía ni por aspecto ni por talento. Es algo que he notado respecto a los ricos y los triunfadores. No soportan ver prosperar a personas de escaso mérito. Creí que la mitad de su satisfacción residía en habérmela arrebatado a mí. Y en parte por eso supe que tenía que matarlo. Sin embargo, ahora no estoy tan seguro. Puede que cometiera una injusticia con él. Puede que todo fuese a la vez más sencillo y más complicado. Y es que ella era -y aún es- muy hermosa.

Ahora la entiendo mejor. Podía ser amable, estar de buen humor e incluso mostrarse generosa, siempre que tuviera lo que quería. Cuando nos casamos, y quizá durante los dieciocho meses siguientes, me quiso a mí. Ni su egoísmo ni su curiosidad habían podido resistirse a un amor tan halagüeño y abrumador. Para ella, sin embargo, el matrimonio no tenía por qué ser algo definitivo. Fue el primer paso necesario para el tipo de vida con el que ella soñaba y que estaba decidida a tener. Fue cariñosa conmigo, dentro y fuera de la cama, mientras fui lo que ella quería. Cuando quiso a otro, la necesidad que tenía de ella, mis celos y mi amargura empezó a verlos como una negación cruel y deliberada de su derecho fundamental: el derecho a tener lo que quisiera. Después de todo, yo la había tenido durante casi tres años. Dos años más de lo que tenía derecho a esperar. Eso pensaba ella. Eso pensaba su querido Rodney. Cuando mis conocidos de la biblioteca se enteraron del divorcio, vi en sus miradas que ellos también lo pensaban. Y ella no entendía por qué estaba tan resentido. A Rodney no le importaba en absoluto ser el culpable; no esperaban, señaló sarcástica, que me comportase como un caballero. No tendría que pagar el divorcio. Rodney se ocuparía de ello. Tampoco me pedía ella una pensión. Rodney tenía dinero más que suficiente. En un momento dado, llegó casi a sobornarme con el dinero de Rodney para que la dejara marchar sin alboroto. Y, aun así, ¿de verdad era tan sencillo? Me había amado, o al menos me había necesitado, durante un tiempo. ¿Habría visto en mí, quizá, al padre que perdió cuando tenía cinco años?

Durante el divorcio, en el que fui, por así decirlo, amablemente atendido por asesores jurídicos expertos muy bien pagados como si yo fuera una incómoda pero prescindible molestia de la que deshacerse con decorosa rapidez, lo único que me mantuvo cuerdo fue el convencimiento de que iba a matar a Collingford. Sabía que no podía seguir viviendo en un mundo donde respirásemos el mismo aire. Mi mente se...

Dateiformat: EPUB
Kopierschutz: Adobe-DRM (Digital Rights Management)

Systemvoraussetzungen:

Computer (Windows; MacOS X; Linux): Installieren Sie bereits vor dem Download die kostenlose Software Adobe Digital Editions (siehe E-Book Hilfe).

Tablet/Smartphone (Android; iOS): Installieren Sie bereits vor dem Download die kostenlose App Adobe Digital Editions (siehe E-Book Hilfe).

E-Book-Reader: Bookeen, Kobo, Pocketbook, Sony, Tolino u.v.a.m. (nicht Kindle)

Das Dateiformat EPUB ist sehr gut für Romane und Sachbücher geeignet - also für "fließenden" Text ohne komplexes Layout. Bei E-Readern oder Smartphones passt sich der Zeilen- und Seitenumbruch automatisch den kleinen Displays an. Mit Adobe-DRM wird hier ein "harter" Kopierschutz verwendet. Wenn die notwendigen Voraussetzungen nicht vorliegen, können Sie das E-Book leider nicht öffnen. Daher müssen Sie bereits vor dem Download Ihre Lese-Hardware vorbereiten.

Bitte beachten Sie bei der Verwendung der Lese-Software Adobe Digital Editions: wir empfehlen Ihnen unbedingt nach Installation der Lese-Software diese mit Ihrer persönlichen Adobe-ID zu autorisieren!

Weitere Informationen finden Sie in unserer E-Book Hilfe.


Download (sofort verfügbar)

9,99 €
inkl. 7% MwSt.
Download / Einzel-Lizenz
ePUB mit Adobe DRM
siehe Systemvoraussetzungen
E-Book bestellen