Los cuentos de Vladmir

 
 
Editorial Bubok Publishing
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 17. Januar 2018
  • |
  • 150 Seiten
 
E-Book | ePUB ohne DRM | Systemvoraussetzungen
978-84-685-1779-7 (ISBN)
 
'A medianoche, bajo unas autopistas a medio construir, un mendigo relataría historias de terror y de suspenso. La ocasión, que se repetía cada luna llena, era muy especial para toda esa pobre gente que jamás tenía acceso a otro tipo de entretenimiento y, tradicionalmente, se juntaba en las distintas plazas de la ciudad a charlar y cantar antes de dirigirse en peregrinación a escuchar al narrador. Con la intención de distraerse, Mario decidió formar parte de la procesión de mendigos e ir a escuchar historias bajo la luz de la luna'.
  • Englisch
  • 0,51 MB
978-84-685-1779-7 (9788468517797)

El taxista


 

 

La siguiente carta fue hallada dentro de un auto que se encontraba al costado de la ruta P..., en las cercanías de una estancia. De acuerdo con el relato que en ella se puede leer, el autor, cuyo nombre figura en la lista de personas desaparecidas, era el propietario del vehículo. Hasta la fecha, la policía no ha encontrado ningún rastro de él.

 

Mi nombre es Rubén Q... y tengo la certeza de que mi existencia está por llegar a su fin. Espero que la persona que tenga esta carta en sus manos sepa leer en ella una advertencia y, en caso de que experimente lo mismo que aquí voy a relatar, no cometa mis imprudencias. Hasta hace un tiempo, vivía solo y me ganaba la vida manejando un taxi. Todo comenzó así:

Una mañana, hace algo más de dos meses, estaba atravesando la ciudad con tres pasajeros. El viaje era largo y, como para pasar el tiempo, estaban compartiendo anécdotas graciosas entre ellos. Solo escuché con atención la primera; durante el resto del recorrido, estuve concentrado en el tránsito y casi no les presté atención. Cierta vez, aseguró el relator, había salido a la calle con los pantalones al revés (con la parte de la cola hacia delante) y necesitó pedir permiso en un bar para dárselos vuelta. Luego de un largo rato llegamos al destino, y los pasajeros se bajaron junto con sus historias; al cabo de unos minutos, no recordaba ni siquiera sus caras.

Dos días más tarde comenzaron los fenómenos "curiosos", tal como los bauticé en un principio. Después de desayunar, cuando me disponía a subir al auto para buscar a mi primer pasajero, cierta incomodidad al caminar inclinó mi vista hacia abajo. Tenía puestos los pantalones al revés. Hace ya varios años que al levantarme realizo la misma rutina, y me pareció muy extraño que hubiera cometido semejante distracción al vestirme. Que me hubiese ocurrido lo mismo que a aquel pasajero se lo atribuí a una simple casualidad. Por lo menos yo no había necesitado un baño para cambiarme. Por supuesto, me di vuelta los pantalones, subí al auto y me fui.

Al día siguiente, a media tarde, me encontraba llevando a tres señoras muy elegantes rumbo al aeropuerto. Al parecer, iban a tomarse unas vacaciones. Cuando llegamos, una de ellas recordó que había dejado la estufa eléctrica encendida. Comenzaron entonces a discutir sobre si era necesario volver, si podrían tomar otro avión, etc. Como la charla se estaba haciendo larga y yo debía continuar trabajando, le sugerí que llamara a algún amigo o familiar que tuviese la llave de su casa; esa persona podría apagar la estufa. Me miraron como si de mi boca hubiese salido una genialidad, me pagaron, me agradecieron la solución y se bajaron.

Dos días después, al terminar el día laboral, entré en mi casa y noté que la temperatura estaba demasiado alta. Inmediatamente advertí que me había olvidado de apagar la estufa eléctrica. Por los menos, me dije con cierta ironía, yo no estaba a punto de salir de vacaciones como aquella señora, la del aeropuerto. De todas maneras, todavía consideraba que esas coincidencias eran un mero producto de la casualidad.

El próximo episodio ocurrió un día después; era una mañana lluviosa y estaba llevando a dos niños a la escuela. Uno de ellos comentó que una pelota de fútbol había caído en su casa el día anterior, y tenía la esperanza de que nadie fuera a reclamarla. Supongo que el lector de esta carta ya se imagina cómo sigue el relato: dos días más tarde, una pelota cayó en mi jardín. Inmediatamente, descarté la casualidad como explicación de todas estas "coincidencias". Lamentablemente, transcurridos unos minutos, un muchachito que conocía del barrio vino a reclamar la pelota.

Durante dos semanas siguió ocurriendo lo mismo: cada vez que un pasajero comentaba algún acontecimiento, dos días después me ocurría lo mismo a mí. Brevemente, voy a enumerar algunos, ya que no quiero que esta carta sea tediosa: que se queme la comida, que no haya ropa limpia, que llame un amigo lejano, que encuentre una carta perdida, que se pinche una rueda del taxi, que se corte la luz por varias horas...

Lo que me resultaba inquietante era que mi vida fuera un mero reflejo o imitación de lo que les ocurría a los demás. El término déjà vu ajeno o prestado me parece acertado: al igual que en el déjà vu, vuelve a ocurrir un acontecimiento, pero en este caso es "prestado o ajeno", pues pertenece a otra persona. Uno de los razonamientos que más pavor me causaba era que, quizá, toda mi vida fuera "de segunda mano", que ni un solo segundo de mi existencia fuera original. Razonaba que, si esto fuese cierto y yo pudiese escuchar todas las conversaciones y anécdotas de todas las personas, sería capaz de predecir por completo mi vida. Por otro lado, estaba seguro de que antes del primer caso, el de los pantalones al revés, nada de todo esto me había ocurrido.

Decidí buscar información; probablemente, yo no era la única persona que había pasado por esto. Lo primero que hice fue comprar varios libros sobre actividad paranormal; pero en ninguno se mencionaba nada parecido a lo que me sucedía: solo se hablaba de fantasmas, voces, sueños extraños y cosas semejantes. El siguiente paso fue ir a la biblioteca y buscar información sobre los déjà vu. Encontré solamente algunos testimonios y anécdotas que no aportaban nada significativo. Mi último intento por buscar alguna explicación fue consultar a una parapsicóloga. No se mostró demasiado interesada en mi caso, pero ensayó algunas explicaciones que encuadraban bien en sus especialidades: fantasmas, demonios o magia negra. Aseguraba que alguien, cegado por la envidia y ayudado por un libro de brujería, había desatado cualquiera de esas tres pestes contra mí. Además de no convencerme, cobró lo suficiente como para que renunciara a volver a verla. Soy taxista, no millonario.

Fue así como intenté continuar con mi vida sin prestarles mucha atención a todos estos déjà vu prestados. Después de todo, no parecía ser tan malo. Me consolaba pensar que, probablemente, alguien o algo había "honrado" a unas pocas personas entre las que yo estaba incluida con la capacidad de darnos cuenta de que muchas de nuestras experiencias -quizá todas- eran de segunda mano, o carentes de originalidad. Ahora, con mi final tan próximo, sé que yo le falté el respeto a ese honor y obtuve mi castigo; pues a partir de entonces, lo único que cometí fueron imprudencias y equivocaciones. La tentación fue demasiado grande cuando descubrí el poder que tenía. Prosigamos con el relato.

En mis momentos de ocio, motivado por la curiosidad, comencé a acercarme lo más posible a la gente en la calle, a frecuentar bares muy poblados, a subirme a colectivos llenos y a presentarme en todo lugar que estuviese atiborrado de gente: mi intención era escuchar la mayor cantidad de conversaciones posible con la idea de poder predecir todo lo que me sucedería luego, dos días más tarde. Era una tarea difícil, ya que las personas dejan de hablar cuando perciben que un desconocido está interesado en lo que se está diciendo. Finalmente, llegué a la conclusión de que el mejor lugar para escuchar conversaciones ajenas era el taxi.

El momento en que descubrí el poder que tenía fue cuando me negué a llevar a una mujer que ya había sido mi pasajera varias veces. Era muy charlatana y siempre me narraba con mucho detalle sus contrariedades diarias: cortes de luz, problemas con el teléfono o pérdida de papeles importantes. Ella me hizo señas para subir al auto, pero yo seguí mi camino como si no la hubiese visto. Y este es el punto clave de toda esta historia. Como si entrara por una ventana o por una puerta escondida, el peor de los pecados llegó a mi mente: la codicia. Comprendí que, si seleccionaba qué conversaciones escuchar, cualquier deseo que yo tuviera podría hacerse realidad. Este poder era mejor que tener una lámpara mágica con un genio dentro dispuesto a cumplir tres deseos; pues yo no tenía esa limitación: ¿qué me impediría satisfacer todos mis apetitos o sueños?

Entonces me dirigí hacia la bolsa de comercio. En general evito esa zona, pues los agentes de bolsa son personas muy nerviosas y siempre están apuradas por llegar a alguna parte. Mi intención era llevar a alguno que hubiese ganado mucho dinero ese día; si se daba la oportunidad de conversar sobre el tema, rápidamente yo iría hasta mi casa, agarraría mis pocos ahorros, volvería a la bolsa de comercio y compraría acciones: dos días después habría conseguido algún dinero. Durante un tiempo, deambulé con el taxi por la zona. Cuando subía un pasajero (solo si veía a alguien con aspecto de corredor de bolsa encendía el cartel de "libre") yo comenzaba la charla y procuraba conducirla hacia donde me interesaba: cuánto había ganado ese día. Luego de varios intentos fallidos, conseguí subir a uno con una inmensa sonrisa y no hizo falta que yo le preguntara nada. Lleno de felicidad, me confesó que ese día se había duplicado su inversión. No bien se bajó, volví a mi casa, tomé todos mis ahorros, me dirigí nuevamente hacia la bolsa de comercio y compré acciones de la primera empresa que vi. Cuarenta y ocho horas después, mi dinero también se había duplicado.

Con algunas variantes, realicé varias veces toda esta operación. No voy a narrar los detalles, pero me atrevo a decir que, luego de un par de semanas, mi dinero se había multiplicado por diez. Nunca me había rendido tanto el trabajo de taxista. Pero la codicia no tiene límites.

Siempre fui un hombre muy tímido a la hora de comenzar...

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