El día menos pensado

Un viaje al corazón del Alzhéimer
 
 
Editorial Alrevés (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 1. Februar 2012
  • |
  • 220 Seiten
 
E-Book | ePUB mit Wasserzeichen-DRM | Systemvoraussetzungen
978-84-15098-48-5 (ISBN)
 
Un relato conmovedor. Nos muestra los momentos más inquietantes de una enfermedad capaz de reducir a la nada el bienestar y la cotidianidad de una familia cualquiera. Todo transcurre dentro de la normalidad, hasta que un día, el menos pensado, y por partida doble, sucede que... Mario, nuestro protagonista, nos adentra en la delirante y conmovedora odisea cotidiana de dos mujeres prófugas de su propio ser, desbocadas en un extravío sin retorno, actrices inconscientes de una comedia de equívocos que será motivo de hilaridad y tormento. Dos hermanas, la madre y la tía de Mario, enfermas de alzhéimer, dan testimonio de la belleza a través del dolor. Un artificio narrativo para hacer creíble la verdad. Una familia normal verá entorpecido su devenir cuando un estigma recompone la relación y la naturaleza de los personajes. Con una incuestionable calidad literaria y de una audacia dramática remarcable, esta narración penetra en un mundo muy reconocible para quienes han vivido con un enfermo de estas características. Quienes no lo hayan sufrido, encontrarán en esta novela los entresijos de una experiencia límite que nos acecha sin cesar.
  • 1,07 MB
978-84-15098-48-5 (9788415098485)
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PEDREGAL


Para nosotros era el tiempo raudo,

más difícil la llama de la sangre.

CÉSAR SIMÓN

Mi madre ya no espera a nadie asomada a la ventana, y la sorpresa con que me recibe contribuye a ratificar mis temores: en efecto, no se acuerda. La he llamado por teléfono desde el despacho. Cuatro veces. La última para decirle que salía hacia su casa. Que empezara ya a arreglarse. Me abre la puerta disfrazada de recoge-cartones. Unos gruesos calcetines se enroscan, desmayados, sobre sus tobillos.

-Vístete, mamá. Tenemos que ir al médico.

Son las cuatro de la tarde. La cita en el Eresa -destino para la TAC que deben realizarle- está concertada a las cinco y media. No, no hay tiempo de sobra. Los relojes y el calendario avanzan ya lejos del alcance de comprensión de mi madre.

-Yo creía que era mañana. Ahora íbamos a tomar café.

Mi tía trajina en la cocina frente a dos torres de café con leche.

-¿Te hago a ti uno?

-No, tía.

-Hazle un café -mi madre.

-No, ya le he dicho a la tía que no.

-Voy a poner la cafetera -mi tía.

-Déjalo, no me apetece.

-Qué ilusión me hace verte, no te esperaba -mi madre.

-Vamos, tomaos el café con leche, que se os va a enfriar.

-Ahora mismo preparo la cafetera para ti -mi tía.

-Tomaré un vaso de leche. Sola. Yo me la caliento. Bebeos, mientras, vosotras esto -digo mientras señalo a las dos prominencias de vidrio que aún humean.

-¿Hay leche hervida? -pregunto escondiendo la cafetera lejos del alcance de mi tía.

-Sí..., no, sí..., en la nevera... No, no hay en la nevera... Pero...

Mi tía y mi madre discuten sobre el paradero de la leche hervida.

-Es igual, bebeos esto.

-Aquí está. -Mi tía rescata del fregadero una jarra de plástico con unos residuos de leche.

-Gracias, tía, pero ya no me apetece.

Agarro los vasos de café con leche. Aún queman. Los llevo al comedor. Acto seguido conduzco a mi madre y a mi tía hasta aposentarlas frente a los recipientes de cristal. Regreso a la cocina.

-¿Sabes dónde está la cafetera? -mi tía, que me ha seguido.

-La he fregado y guardado. Vuelve al comedor.

-¿Y ahora cómo voy a hacerte el café que me has pedido?

-Ya me lo he bebido, el vuestro lo tenéis en el comedor.

Cuatro y media. Acaban de vaciar los vasos en sus estómagos.

-Pero tú no te has tomado todavía el café -mi tía.

-No tengo tiempo, hay que vestir a la mamá. Tenemos cita en el médico.

-Pero ¿no era mañana? -mi madre.

Las cinco. Mi madre ya está vestida.

-Yo te peino.

-No hace falta, ayer fui a la peluquería.

-Ven.

La peino, hago lo que puedo con un pringoso criadero de greñas hirsutas.

-Mira qué guapa te he dejado.

-¿Y me voy a ir sin darme color en los labios?

Diez minutos más. Tengo la cartilla del médico y las llaves del coche en la mano; mi madre, el pintalabios en las suyas.

-Ya está bien así, se hace tarde.

-Pero ¿te vas sin tomar café? ¿Para eso me haces preparártelo? -mi tía.

Ayudo a mi madre a instalarse en el asiento del copiloto. Es una maniobra laboriosa, intermitente, que exige gran concentración por mi parte.

Hay suerte. Encuentro aparcamiento en la avenida de Campanar, enfrente del Eresa -acrónimo cuya clave desconozco-. Entramos en el centro médico a las cinco y media en punto.

-Es la sala de espera número dos.

-Gracias.

Tomamos asiento. Algo va mal. Algún requisito me falta por cumplir.

-Si le van a hacer una TAC a la señora, no puede entrar con las joyas.

Siempre aparece, en la sala de visitas de los dispensarios médicos, un ángel de guardia. Suele ser una mujer de mediana edad, que da la impresión de haber nacido allí.

Despojo a mi madre de sus collares -cuyas cadenas se enredan entre sí-. La privo de su reloj -el que le regaló la empresa a mi padre por tantos años de servirla a cambio de tan poco-. De sus pulseras. De sus anillos.

-¿El de matrimonio, también?

-También, mamá.

El anillo se adhiere a su carne, se resiste. Mi madre se queja. Tiene los dedos abultados y rojos, de un pavoroso color morado. Problemas de circulación sanguínea, me dictaminaron los médicos. Mientras manipulo el aro de oro pienso en otro anillo, en otro dedo, en otra carne, en otra vida que aún tengo.

-Así no podrá. Necesita usted untarlo con pomada. Verá qué pronto sale.

Es el ángel guardián. Que se ha levantado de su silla, con el tubo de pomada en las manos. Hacemos uso de ella. Infalible.

Guardo las joyas en el bolso -vacío- de mi madre.

-¿Trinidad Merchante García?

-Vamos.

-¿Ya?

Sigo a un enfermero altivo y presuroso. Nos introduce en una especie de cápsula de nave planetaria. Me hace preguntas para rellenar una ficha. Respondo, casi todas al azar. De entre la jungla de garabatos de la copia del informe que han recibido del especialista, capto: «deterioro neuronal severo».

-¿Es usted su hijo?

-Sí.

El enfermero desaparece por una compuerta y, al punto, regresa con un trozo de tela verde oliva.

-La señora debe quitarse toda la ropa menos los pantis y las bragas. Y luego ponerse esto. Entren ahí.

Mi madre y yo nos introducimos en un estrecho cubil cuya puerta cierro con dificultad. Ella ya no sabe desnudarse sola. Procedo a hacerlo yo. Mi madre se abandona. Arrastro el suéter rojo hasta el borde de sus manos que ha alzado en un gesto de sumisión. Efectúo la misma maniobra con la camiseta de algodón, con el viso azul oscuro que extraigo por debajo de su falda.

-¿Y esto?

-Es un cordel que me ato para que no se caiga la falda.

Deslío el cordel. Despaso el corchete de la falda. Bajo su cremallera.

-¿La falda, también?

La falda, negra, ha caído sobre sus pies diminutos. La tomo por los tobillos. Levanto primero uno, luego el otro. Recojo la falda del suelo. La deposito en un gancho del perchero.

-Date la vuelta.

La piel de mi madre se estremece al notar la presión de mis dedos sobre la cinta del sujetador. Lo destrabo. Ella se encoge, se abandona, recordando acaso otro momento, otras manos, otro sujetador que apenas podía contener sus pechos.

Mi madre se cubre los senos. Pero está tranquila. Es un gesto de rubor automático. No lleva pantis, sino medias que se ajustan a los muslos. Las bragas son de pantalón, sedosas, con una sinuosa puntilla orlando sus bordes.

-Si tuviese veinte años menos, estaría sexy.

-¡Mamá!

Tocan a la puerta. Es el enfermero.

-¿Lleva prótesis dentales?

Sondeo a mi madre. Recortada contra el espejo que duplica su carne maltrecha, su esqueleto incipiente, la poca cosa que va quedando de ella.

-Tiene que quitarle los zapatos y ponerle estas babuchas.

El enfermero coloca en mis manos un par de retales blancos, sin peso.

Procedo a inspeccionar la boca de mi madre.

-¿Llevas algún diente o muela postiza?

Mi madre asiente, hurgándose la boca. No sabe localizarlos.

Algo trata de decirme pero es imposible entenderla.

Saco los dedos de su boca. Introduzco los míos. Busco un tacto de metal. Lo encuentro. En la parte inferior de la dentadura. Tiro de él. Mi madre gime, como un gatito. Comienzo a sudar. Me quito la chaqueta del traje. Vuelvo sobre su boca. Impulso la pieza hacia arriba, va cediendo, tres dientes y un señuelo de encías saltan de su boca. Dejo las piezas en un vaso de plástico que hay en el suelo. Prosigo mi inspección. Descubro otra pieza metálica en la zona superior de la dentadura. La arrastro hacia abajo. Todos los dientes de mi madre se mueven. Me asusto. Me detengo.

-¿Cuántos dientes te faltan de arriba?

-No lo zé.

Mi madre me releva. Gesticula. Cierra los ojos. Parece caída en trance. No tiene palas ni incisivos propios. Me los entrega, con un falso paladar que los mantiene unidos.

Algo está flotando delante de mí, sin casi presencia, encogida, despojada de sus joyas, de sus ropas, de sus dientes; es un amago de ser humano, es mi madre.

Suena de nuevo el vaso de plástico. Cubro el cuerpo de mi madre con la bata verde. Su figura se convierte en una irrisión. Me agacho. Le arrebato los zapatos. Trato de enfundar sus pies con las babuchas. No soy hábil de manos. La operación se retrasa. El enfermero reaparece. Dirige desde arriba la maniobra. Yo sigo sus instrucciones casi de rodillas, dócilmente, sometido.

-Ya está.

-Padezco una enana.

El enfermero, con gran esfuerzo, esboza un antojo de sonrisa.

-Acompáñeme.

Mi madre se aleja cogida a su brazo. Es un brote de maleza que el viento se lleva. Ambos se desvanecen por la sajadura de una compuerta metálica. Me llega la voz del enfermero. Su aleccionamiento. Mi madre no debe moverse. Solo le está permitido respirar dentro del sarcófago mientras la acribillan a destellos.

Salgo a la sala de espera. Me siento. Cojo una revista. Quince segundos. Me levanto. Voy de un extremo a otro de un lóbrego pasillo. Distraigo a la gente mientras me ve desfilar, erguido y lento, con el traje de terciopelo azul marino y el bolso de mi madre negro colgando de una de mis manos. Mi madre no ha llorado. Todavía. Llevo soportando el pertinaz e imprevisible llanto de mi madre desde que me acompañan los recuerdos. Pero hoy no ha llorado. Mi...

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