Crónica del creador del virus

¿Una historia real, el relato de un enfermo o una fábula sobre el origen del SARS-CoV-2, un arma para desestabilizar el mundo?
 
 
Books on Demand (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 13. August 2020
  • |
  • 167 Seiten
 
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978-84-1326-253-6 (ISBN)
 
"Escrita con brillantez, con tremenda verosimilitud y un ritmo que te va atrapando magistralmente en una inquietante trama, la novela nos hace reflexionar sobre todo lo que estamos viviendo y nos hacer ver la realidad desde otras perspectivas. " - Elplacerdelalectura.com y Librosyliteratura.es

"Se publicarán miles de páginas sobre el coronavirus: tesis, estudios científicos, ensayos, guiones y novelas... Pero seguramente ninguna de ellas tendrá el prodigio de la navegación por un río tan turbulento entre el sueño y la vigilia, entre la verdad y la falsedad, entre la realidad y la conspiración, como la presente obra. " - Forolibro.com

La comunidad médica ignoró el peligro, y quedó luego atónita y desconcertada. La ciudadanía se pregunta cómo llegó la pesadilla del SARS-CoV-2, mientras crece el recelo hacia autoridades políticas y científicas. ¿Es real el virus? Sin duda. ¿Un monstruo de diez cabezas? No. De hecho, según estas memorias que W. Canaris recibió del creador del virus en 2017, lo que este supo ver es que no necesitaba un supervirus: bastaba uno que se propagase silenciosamente, como cualquiera de los virus que han asolado a la Humanidad.

Además de atormentadas motivaciones, entendió que la ciencia estaba lejos de cumplir sus promesas, que su arrogancia podía ser puesta de rodillas. Intuyó la fragilidad de la sociedad moderna, su confianza pueril en la capacidad de los gobernantes para proteger la salud y la vida. Su apuesta no fue por la muerte, sino por un miedo que desencadenase la respuesta caótica de un mundo que daba demasiadas cosas por sentadas.

Su primer aliado fue un Gobierno chino que en 2003 sufrió una fuerte crisis por el SARS, surgiendo así la oportunidad para su desestabilizador concepto de arma. No esperen disparatadas conspiraciones, pues las cosas no funcionan así. Por el contrario, en estas páginas encontrarán soberbia, resentimiento y codicia en un mundo regido siempre por la chapuza y la improvisación, cuyos protagonistas no están a la altura de lo que tienen entre manos.

Sobre sólidas bases históricas y técnicas que avalan su veracidad, la narración del creador se adentra en sus propios orígenes, en cómo concibió el virus y en su relación con grupos de poder que financiaron su desarrollo. Es la crónica de Li Yun, el primer "cazador de virus", cuya "obra" podría abrir paso a una época de devastadoras armas biológicas que, simulando zoonosis, se propaguen sin hacer saltar las alarmas epidemiológicas debido a su sigilo.
1. Auflage
  • 0,16 MB
978-84-1326-253-6 (9788413262536)
Estimados lectores: por las mismas razones que el verdadero autor de "Crónica del creador el virus" no revela su auténtica identidad, yo, como mero traductor tampoco debo hacerlo. Lo que se revela en el libro me impide hacerlo por el momento.

Espero que lo entiendan si tienen oportunidad de leer el libro.

3. Inicio de la carrera

 

Esperábamos tener coches voladores a estas alturas; en su lugar, lo que tenemos son 140 caracteres.

P. Thiel

 

 

 

Comenzó su carrera con las mejores expectativas. Durante los años de escuela, sus maestros le hicieron ver que el Templo de la Ciencia de la Universidad le enseñaría los arcanos de la biología, los secretos de la materia viva. «¡Nadie me enseñó jamás nada auténtico, solo opiniones y creencias que tenían de las cosas!», se diría a sí mismo más tarde.

Pero dichas expectativas no estuvieron libres de alguna sospecha. Estando en el curso de preparación universitaria, un virus indeterminado le postró en cama una semana. En aquella época, hacia finales de los 80, la medicina occidental se abría camino en su país a pasos de gigante. El más prestigioso doctor de la ciudad en saberes occidentales acudió solícito a casa a petición del padre. Torpemente inquisitivo, casi entre balbuceos, Li Yun incomodó al médico en su deseo por saber.

-Doctor, me dice usted que únicamente tengo un resfriado causado por un virus, pero ¿qué virus es?

-No te preocupes. Es un virus sin importancia de los que a veces nos molestan. Si sospecháramos de algo más dañino, te haríamos pruebas. ¡Descansa y te curarás!

-Ya doctor, pero había pensado que si me hiciesen la prueba podríamos saber cuál es, o si voy a ganar inmunidad. Si no me la hacen, no lo sabremos. Podría infectar a vecinos o compañeros del colegio.

-¡Bueno chico, ya te he dicho que no reviste gravedad! Los mayores expertos, entre los que he de decir que me encuentro, han establecido que no es necesario nada más. Cuando se supera una enfermedad vírica se gana inmunidad, como cuando te ponen vacunas.

-Ya, pero. ¿cómo saberlo? ¿Y si es un virus no conocido por la Ciencia? Tiene que haber muchos ahí fuera. Tenemos que saber.

El padre cortó la conversación con brusquedad: «¡Qué hijo tan atolondrado y desprovisto de tacto! ¿Qué es eso de desafiar a la autoridad del saber?», pensó mientras hacía una desdeñosa mueca cargada de desagrado.

Fue honda la desazón de Li Yun al comprobar que un celebrado médico se conformaba con ideas muy imprecisas. ¿Estaban la medicina y la biología tan atrasadas como la física siglos atrás? «No puede ser -se quiso convencer Li Yun-, pues nos prometen que en unas pocas décadas alcanzaremos la inmortalidad». Él, aún crédulo, no podía imaginar que hubiese tanto experto charlatán. Li Yun olvidó rápidamente pues, de algún modo, quería ser parte de la Historia y ayudar a desterrar definitivamente el sufrimiento físico de la faz de la Tierra por alguna de sus vías.

La gran revolución de las proteínas recombinantes, la cual abría una nueva etapa aparentemente sin límites en la farmacología y la medicina -poco tiempo después de los primeros trasplantes de órganos y otros asombrosos avances-, había irrumpido con fuerza apenas unos años antes. De ello tuvo Li Yun conocimiento antes de acceder a la Universidad; como también comprendían los círculos científico-técnicos y el Estado Profundo de su país la importancia capital de todo aquello, observando con codicia los progresos científicos de Occidente.

Sus calificaciones a lo largo de la carrera fueron excepcionales, como prodigiosa siguió siendo su inadaptación social. Algunos profesores vieron en él algunos talentos, pero no resultaba brillante para el gusto de nadie. Formulaba conjeturas que resultaban confusas en la mente de aquellos profesores obtusos y convencionales. Todo ello, junto a sus defectos de carácter, llevó a que progresivamente perdieran todo interés en él. Salvo uno: el Profesor Tzu Sun creyó ver algo especial.

«La gente confunde al científico con el simple practicante de la ciencia. Lo segundo es una profesión más, lo primero una actitud vital y una infrecuente disposición de carácter». Así hablaba el Profesor y así se lo inculcaba a su discípulo. Cuando semanalmente tomaban juntos el té, solía discursear machaconamente que «lo que existe son comunidades de investigadores con sus propios intereses, ambiciones y envidias. Muchos de ellos ni siquiera deberían ejercer, por incapaces, pero ¿quién, si no, los sustituiría? ¡Porque encima no hay demasiados! La aptitud se distribuye como en una pirámide: unos pocos buenos arriba en cada especialidad y el resto causando problemas. ¡El mundo es mediocridad y chapuza, pero con esos bueyes hay que arar!

Créeme: pocas son las mentes verdaderamente científicas que a lo largo de la Historia han sido capaces de aportar al mundo algo realmente significativo. Maxwell, Einstein y Dirac no publicaron más que unas pocas e imperecederas páginas en sus mejores años. ¡Creemos merecerlo todo, pero todo se lo debemos a unos pocos! Así que casi nadie debería exigir más que migajas. ¡Ahora todo es figurar, obsesión por publicar infinidad de estudios basurientos de correlaciones y sugerencias, y parece que la duda es el auténtico blasón de la Ciencia! ¡Hay que ser humildes, sí, pero hay que hacer apuestas! Si esperamos a tener evidencias suficientes, todos calvos. Ninguno de esos genios esperó a las evidencias físicas. ¡Las predijeron! La Mala Ciencia se ha hecho omnipresente, es pusilánime y quiere pasar por sabia. Parece humilde pero es intolerante y engreída. Es el nuevo oráculo de un mundo moderno tan atrasado espiritualmente como el antiguo. La sociedad rinde culto a la presunta ciencia con temerosa superstición. ¡La ciencia afirma, los científicos demuestran. dicen.! ¡Pero si no se puede ver a la Ciencia ni los científicos pueden demostrar.! Mira, Li Yun: aprovechemos eso en nuestro favor. Nadie la contradice y todos la veneran para perecer cuerdos e inteligentes. Pero la verdadera Ciencia. ¡Ay, esa hay que amarla! Esa es para los locos. ¡Y tú lo eres, Li Yun!»

Li Yun no estaba seguro de ser un loco ni de contar con la imaginación suficiente para dar a luz un nuevo paradigma científico. Si acaso, se veía capacitado para apreciar de forma poco común los detalles, establecer frías relaciones lógicas y extraer las consecuencias oportunas. En Tzu Sun percibió al hombre dedicado a su propio engrandecimiento sin base justificada; exactamente como hubiese querido su padre para él. Sin embargo, necesitado de referentes, Li Yun lo aceptó como se acepta a un segundo padre y guía científico, independientemente del desdén que abrigaba y crecía en él hacia académicos y científicos, de los que Tzu Sun era como una cercanísima encarnación.

Además de por sentirse ignorado y minusvalorado, ese desprecio tenía algo que ver también con la introspección. Li Yun no se engañaba: aprendió a comprenderse; en parte a odiarse. Entreveía sus debilidades y defectos, algunos de los cuales eran intransferibles, pero sabía que otros los compartía con muchos de sus colegas. Los conocía mejor de lo que aparentaba su personalidad retraída, detectando en su propio interior mucho de lo que detestaba en ellos. A su vez, distinguía las graves grietas y sesgos del edificio del conocimiento, mientras la mayoría de compañeros aceptaba los dogmas inamovibles sin mayor crítica. Li Yun ya no esperaba admiración. Detestaba el aire de suficiencia que veía en muchos de la envanecida profesión y la rendida veneración que se les prodigaba.

En Li Yun, la soberbia luchaba consigo mismo. Dejó de sentirse miembro de una comunidad científica con modelos complacientemente reduccionistas y se marcó como único objetivo profundizar en los misterios que encerraban los virus sin pretender entenderlos por completo. Plenamente consciente del acoso de los límites de la razón y de la supremacía de una Naturaleza caótica con leyes últimas impenetrables, esperaba que Esta le concediese algo todavía borroso en su mente.

El genio inquisitivo que el Profesor había visto en Li Yun se mantuvo aletargado por unos años. Tras los estudios universitarios, entró como investigador en el Laboratorio de Referencia de su país en virología y enfermedades infecciosas. Estaba dirigido precisamente por su Profesor, quien parecía estar en todas partes sin haber aportado hasta entonces nada realmente destacable. En aquel lugar y por aquel entonces, la investigación en su país no hacía sino mantenerse todavía a la estela de la poderosa Ciencia de Occidente, si bien por poco tiempo.

Si su genio pareció diluirse fue, en primer lugar, por la poca atención que recibía de sus colegas. Sus trabajos pasaban desapercibidos y era relegado a tareas de investigación secundarias, sin tomar parte en las decisiones. El ámbito de trabajo en que se vio encasillado fue el de los coronavirus, una familia muy poco relevante de entes relacionados con infecciones catarrales. Pero no solo eso: le fue asignado el área de estudio relacionada con los mecanismos de reducción de la patogenicidad de los viriones. El Profesor Tzu Sun solía repetir que su momento llegaría.

En segundo lugar, le exasperaban los medios técnicos de su disciplina. Solía mortificarse con interminables soliloquios: «Es descorazonador no ver; tener que experimentar indirectamente sin observar el detalle molecular de las interacciones entre virus y células huésped. El público cree que basta un aparato poderoso para desentrañar lo que esconde la biología, pero el estudioso trabaja en las tinieblas y el cuerpo humano en todo su detalle es inaccesible. Desconocemos en gran medida el proceso de infección de los virus, y cómo se ensamblan en el interior de las células. ¡Es un trabajo tedioso de observación indirecta, provisional y nunca...

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