La vida en violeta

 
 
Nowevolution (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 14. Januar 2018
  • |
  • 214 Seiten
 
E-Book | ePUB ohne DRM | Systemvoraussetzungen
978-84-17268-10-7 (ISBN)
 
¿Cuál es el color del amor? Julia Medina debería tener su vida resuelta. A sus veintiséis años, tendría que casarse con un buen hombre y formar su propia familia. Pero ella tiene otros planes, quiere ser cocinera y vivir sin la necesidad de un hombre. Una tarea nada fácil para una mujer de los años cincuenta que depende directamente de las ganancias de su madre y de su hermano. Entonces conoce a Ernesto, un antiguo vecino del pueblo que regresa para abrir un restaurante y revolucionarlo todo. Ernesto le ofrece aprender a cocinar con él, una forma de conseguir su sueño y quizás ser dueña de su propio destino. Sin quererlo se convierte en uno de los vértices de un triángulo que no esperaba, en medio de un matrimonio herido de muerte, mientras trata de centrarse en su objetivo de ser cocinera. Hasta que descubre que siente una fascinación incontrolable, hacia la persona menos indicada de la tierra: una mujer. Y no una cualquiera. Nicole, la mujer francesa de Ernesto. 'Una novela que habla de amores verdaderos, cuando la sociedad se negaba a mirar una realidad que muchas mujeres han tenido que ocultar'.

Mi nombre es Beatriz Prieto, (Zamora, 3 de julio de 1988), pero me gusta firmar mis obras como Betz Burton, un seudónimo que me acompaña hace años. Soy Licenciada en Comunicación Audiovisual y titulada en Dirección Cinematográfica. Desde siempre sentí una atracción indescriptible por la palabra escrita, que se mantiene en la actualidad a nivel laboral y como primera afición, seguida de cerca por el cine. Empecé escribiendo relatos cortos en los que mis amigos y yo misma éramos los protagonistas, para llegar poco a poco a gestar historias de mayor envergadura, siempre rodeadas de un halo de romanticismo. La vida en violeta es mi primera novela, de la que también existe una versión guionizada para cine, pero ya estoy trabajando en la siguiente, porque no puedo dejar de escribir ni de imaginar historias que me lleven a otros mundos. Actualmente me dedico a escribir textos y artículos para blogs y otros medios, aunque siempre con la mente puesta en los relatos de ficción, que es lo que en definitiva da sentido a mi forma de ser.
  • 20,98 MB
978-84-17268-10-7 (9788417268107)

 

 

 

 

-2-

 

 

La mañana del domingo todo eran prisas. Las ganas de dormir se juntaban con las pocas de madrugar. Y siempre tenían que vestirse corriendo para no llegar tarde a misa.

Felipe no se lo perdonaría si volvían a entrar con el sermón empezado. Ni aunque rezasen el rosario de carrerilla.

Manuel se colocó la chaqueta de su traje de los domingos y ella, ya ataviada con el vestido del mismo día, terminó de sujetarse el pelo con un par de horquillas.

-Vamos, vamos -apremió Águeda dando unas palmadas en el aire.

-Estoy -respondió Julia-. ¿Seguro que no quieres venir?

-Sabes que no estoy en condiciones -dijo de nuevo Águeda con pesar en la voz-. Pero saludad de mi parte al padre y rezad por mí.

-Eso está hecho, madre -comentó Manuel al pasar, justo antes de darle un beso en la mejilla.

Salieron rápidamente de la casa y se encaminaron a la iglesia. Julia en seguida aceleró su paso hasta casi correr.

-Julia, cuidado, que llevas el vestido de los domingos. -le recordó Manuel, que avanzaba con paso más lento y firme.

-Tienes razón. -respondió ella frenando un poco, y luego sonrió-. ¡Te echo una carrera!

Julia se remangó el vestido un palmo y despegó como una moto. Manuel se rio con la ocurrencia de su hermana. Hacía que todo pareciera sencillo. Contagiaba su alegría a todo el mundo, cosa que era de agradecer teniendo en cuenta la época complicada que estaban pasando.

Tomó impulso y corrió tras ella.

Llegaron levantando una nube de polvo y armando un barullo que mucha gente se encargó de señalar. Uno de ellos Felipe, que últimamente parecía acechar todos sus movimientos para regañarla.

-Buenos días, don Felipe -saludó entre jadeos.

Felipe, que no había apartado la vista de ellos aunque seguía recibiendo a los feligreses, mostró una leve sonrisa y una expresión más relajada.

-Sacudíos la ropa y entrad.

-Gracias, padre -dijo Manuel-. Nuestra madre le manda recuerdos.

-Pasaré a verla esta tarde.

Manuel asintió y acompañó a Julia al interior del templo.

Julia sondeó a los asistentes esperando hallar al hermano de Felipe y a la misteriosa mujer. No los vio al principio, pero escuchó una conversación oportuna que le dio a entender que se encontraban por allí.

Dos mujeres de mediana edad hablaban de una extranjera que enseñaba los hombros.

-Qué trazas. -comentó una de ellas-. Dinero tendrá mucho, pero vergüenza, ninguna.

-Esta por ser forastera se cree que aquí vivimos como en la selva.

-Mira tú, que venir a la iglesia con el hombro al aire tiene delito.

Julia negó con la cabeza. Era una lástima que la mentalidad general fuese tan cerrada. Posiblemente esa joven mujer francesa estaría acostumbrada a un tipo de libertad con la que allí solo podían soñar. Una libertad tan simple como poder mostrar la piel sin que por ello te condenaran al fuego eterno.

El silencio se hizo sepulcral en la sala en cuanto unos tacones avanzaron hacia el interior con paso decidido. Todas las cabezas se giraron hacia la puerta y seguidamente tomaron protagonismo los cuchicheos, que sin duda la juzgaban como a una criminal.

 

 

 

 

-¡Jesús! -se le escapó a Manuel.

-¡Blasfemo! -le reprendió inmediatamente Julia con una risilla.

Manuel se tapó la boca con una mano para seguirle el juego.

-Debería ofrecerle mi chaqueta.

-A lo mejor te cruza la cara.

-¿A lo mejor?

Julia asintió repetidamente sin perder la sonrisa.

-Va, dámela -pidió Julia-. La chaqueta, venga -siguió al ver que no se movía.

Manuel se quitó la chaqueta y se la tendió a Julia sin saber lo que se proponía. Ella la cogió y se levantó de un salto para interceptar a la mujer pelirroja. Detuvo su paso colocándose delante de ella y consiguió que por segunda vez la mirase como si fuera un ser de otro planeta.

-Disculpe, mi hermano desea ofrecerle su chaqueta -dijo, de pronto nerviosa. Carraspeó para relajarse y alzó la voz-. Aquí hace frío y parece que todo el mundo está preocupado por su salud.

La mujer tomó la chaqueta sin decir nada. La colocó sobre sus hombros y continuó su camino hasta dar con un asiento libre que fue de su gusto.

Julia resopló, incapaz de entender su actitud. Posiblemente se sintiera extraña allí, pero si no permitía que nadie la recibiera con buenas maneras, le costaría llegar a encajar. Claro que bien pensado, seguramente su obstrucción le había parecido una ofensa. A fin de cuentas, era una chica de clase baja, y ella una dama francesa que solo la vería como una pueblerina.

Al cabo de un rato, Felipe y Ernesto ocuparon sus posiciones. Oficiando el primero y sentado junto a la mujer el segundo.

Durante la misa, pudo contar al menos tres ocasiones en las que Ernesto se giró para mirarlos de soslayo.

-¿Qué crees que estará pensando? -preguntó Julia en un susurro la última vez que se encontró con la mirada de Ernesto.

-Seguro que nos enteraremos. -dijo Manuel con evidente preocupación.

-Ya tengo otro pretendiente -bromeó Julia, y siguió con su verborrea-. Y eso que Felipe no me creía. Éste me gusta más que Joaquín. ¿Qué te parece, hermano? Si me caso con él tendré dinero suficiente para mí, para mamá y para tu dichosa boda con Sarita.

Manuel le lanzó una mirada que casi la atraviesa.

-¡A veces parece que tuvieras quince años! -bramó-. Aunque estuviera soltero, jamás se fijaría en alguien como tú.

-¿No lo está?

El carraspeo de un hombre tras ellos hizo que se callaran durante unos segundos. Finalmente Manuel habló todo lo bajo que su tono le permitió.

-¿Te parece que la mujer de pelo rojo sea su prima?

-No pueden estar casados -dijo Julia sorprendida por la opinión de su hermano-. Ni siquiera se miran o se rozan.

-Pues si no se relacionan entre ellos, imagina lo que harán con el resto.

El mismo carraspeo, seguido de una tos intensa, llamó su atención por segunda vez. Julia apretó la mandíbula y dio unos golpecitos con la mano en el banco de madera. Aguantó todo lo que pudo, pero quería dar salida a sus pensamientos para conocer la opinión de Manuel.

-El amor debería ser motivo de orgullo y no de vergüenza. Si no, carece de sentido.

Manuel la miró con ternura, como si viera en ella a una niña eterna, incapaz de madurar.

-Nadie está hablando de amor. Por norma general el matrimonio es un negocio. Saca esas ideas románticas de tu cabecita. Cuanto antes pongas los pies en la Tierra, mejor.

Julia se quedó pensativa el resto de la ceremonia. Quizá Manuel tenía razón y el amor no era suficiente. Quizá era solo el cuento con el que conciliar el sueño. Al despertar había cosas más importantes. Cosas que escapaban a cualquier sentimiento. Pensó en todas las personas que habrían tenido que renunciar al amor por bienestar. En ese aspecto era una afortunada, nunca había amado a nadie, por lo tanto no había perdido. Así que llegado el caso, su sacrificio tan solo pasaría por elegir una vida en la casa más grande.

-Ite, missa est4 -dictaminó Felipe alzando las manos.

-Deo grátias5 -respondió un clamor popular.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tan pronto como pronunció las palabras, los asistentes comenzaron a abandonar la estancia.

Manuel y Julia hicieron lo mismo y salieron entre el bullicio. Manuel divisó a Sara y le pidió a Julia que se quedara allí mientras él iba a saludarla. Julia obedeció de buen grado y esperó vigilando desde la distancia, disfrutando del cambio en el comportamiento de su hermano cuando estaba cerca de Sara. Manuel sería incapaz de fingir su interés por algo. Por mucho que renegara del amor, incluso él había caído.

Centrada en los novios, no se percató de que alguien se había colocado junto a ella. Giró la cabeza al sentir la presencia y se topó con la figura de la mujer pelirroja, que le entregaba la chaqueta de Manuel con la misma actitud impasible que ya empezaba a resultarle...

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