Cuando tu vida es un libro

 
 
Ediciones Siruela (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 5. Februar 2020
  • |
  • 176 Seiten
 
E-Book | ePUB mit Adobe DRM | Systemvoraussetzungen
978-84-18245-06-0 (ISBN)
 
Una historia de intriga y llena de humor sobre el descubrimiento de uno mismo, la amistad, la traición, el primer amor. Y sobre cómo un libro puede cambiar de un día para otro la vida de las personas. Kim tiene quince años y nunca le han gustado los libros. Leer le parece algo tan aburrido, que el día que tiene que asistir con su clase a una lectura cree que se va a quedar dormida... Pero sucede lo contrario: de repente está más despierta que nunca, porque todo lo que la autora va leyendo parece ¡un retrato idéntico a la vida de Kim! Es verdad que hay un par de nombres diferentes y algunos detalles insignificantes que no cuadran, pero el resto es exactamente igual. Kim compra el libro y cuando termina de leerlo, le aterra ver que uno de los protagonistas, que bien podría ser su compañero de clase Jasper, muere al final de la historia. Con la ayuda de su mejor amiga Petrowna, Kim decide armar un plan para intentar a toda costa evitar el trágico desenlace. No imagina las sorpresas que aún le esperan, porque, a diferencia de los libros, la realidad es siempre cambiante e impredecible.

Alina Bronsky (Ekaterimburgo, Rusia, 1978) pasó su infancia en la parte asiática de los Urales y vive en Alemania desde su juventud. Su primera novela, Scherbenpark, publicada en 2008, fue un éxito de ventas, nominada a varios premios y llevada al cine y al teatro. Le siguieron, entre otros, Los platos más picantes de la cocina tártara (Siruela, 2011), Nenn mich einfach Superheld (2013), Baba Dunjas letzte Liebe (2015), nominada al Premio del Libro Alemán, y Der Zopf meiner Großmutter (2019). Los libros de Alina Bronsky han sido traducidos a varios idiomas en 15 países distintos. Cuando tu vida es un libro es su primera novela juvenil que se publica en castellano.
  • 1,32 MB
978-84-18245-06-0 (9788418245060)
weitere Ausgaben werden ermittelt

1

Cuando la señora Meier nos dijo que íbamos a asistir a una lectura, todo el mundo empezó a protestar. Yo me puse a dibujar varias tes mayúsculas y minúsculas en mi cuaderno. Me importaba un comino que hubiera lectura o no. La verdad es que había garabateado en el jueves la palabra LEZTURA. Franz apoyó la cabeza en el pupitre y se puso a roncar. Solo Petrowna alzó la voz:

-¡Callaos ya, imbéciles! ¿Es que preferís matemáticas?

Petrowna siempre conseguía confundir a todo el mundo con una frase y que, por unos instantes, se hiciese el silencio.

La señora Meier dijo que dejáramos nuestras cosas en el aula. Ella se encargaría de cerrarla, así que no teníamos que preocuparnos por nuestros objetos de valor. Pero la verdadera razón era que quería que después de la lectura toda la clase regresara con ella dócilmente a la escuela para recoger las mochilas. De otro modo, la mitad siempre se esfuma a mitad de camino. Todos teníamos muy claras sus intenciones, precisamente por eso casi todos cogieron sus mochilas. La señora Meier hizo como si no se diera cuenta. No es más que una profesora jovencita en prácticas y nos tiene miedo.

Espero que no le salieran canas debajo de sus mechas rubias durante nuestro viaje en autobús. Cuando bajamos, Petrowna me gorroneó dos euros y se compró una chocolatina en la máquina. Pero me dio la mitad. Por fin habíamos llegado a nuestro destino y estábamos en una biblioteca.

-¡Una biblioteca! -dijeron todos al unísono en tono quejumbroso-. ¡Uf! ¿Qué pintamos aquí? ¿Es que vamos a leer libros?

-Cerrad el pico -bramó Petrowna-. ¿Adónde pensabais que íbamos? ¿A un depósito de cadáveres?

En realidad sus palabras no tenían lógica alguna, pero de nuevo todos parecían confundidos y la pequeña profesora Meier miraba agradecida a Petrowna.

Petrowna es mi mejor amiga desde primaria. Nos sentamos juntas desde el primer día de clase. En el primer recreo de nuestras vidas nos pegamos. Justo por esos niños como Petrowna es por lo que mi madre prefería enviarme a una escuela privada, pero mi padre le dijo que nunca era demasiado pronto para conocer la vida normal. El segundo día de clase volví a casa con un moratón y con un mechón de pelo entre los dedos: se lo había arrancado a Petrowna en una pelea. Mi madre llamó inmediatamente por teléfono a la tutora, a la directora del colegio y a la psicóloga y profetizó que las niñas como Petrowna terminarían haciendo la calle con trece años. Al tercer día de clase dejamos de pegarnos y, desde entonces, somos inseparables. El cuarto día Petrowna me explicó lo que había querido decir mi madre con eso de «hacer la calle».

Ahora las dos tenemos catorce años. Petrowna fue delegada de clase durante dos cursos y a menudo me deja copiar. Pero por desgracia tiene prohibida la entrada a mi casa desde primero.

En la biblioteca olía a viejo y a polvo. Nada más entrar empecé a estornudar. Por desgracia no llevaba encima el espray nasal.

-Espero no morirme aquí -le dije a Petrowna, a lo que ella contestó:

-No sería una gran pérdida.

Así es como hablamos entre nosotras, pero no lo dice en serio.

La señora Meier le estaba dando la mano a otra mujer también bajita y de aspecto gris con reflejos violetas en el pelo. Era la bibliotecaria. En la pared había un cartel en el que ponía algo sobre la Semana del Libro.

Nos dirigimos como un rebaño de ovejas a una sala lateral con sillas en filas. Todos se acomodaron en los asientos de plástico y pusieron los pies en el respaldo de delante. Algunos empezaron a tirarse cojines y libros de cuentos. Nadie se enteró de que la lectura ya había comenzado ni de que la bibliotecaria estaba ahí delante hablando de algo. La señora Meier dirigió una mirada suplicante a Petrowna.

-¡Cerrad todos el pico de una vez! -vociferó Petrowna.

Entonces nos dimos cuenta de que había alguien más. La autora.

Era una mujer bastante alta y delgada. Estaba sentada detrás de una mesita que resultaba demasiado pequeña para sus largas piernas y parecía muy triste. El pelo, grasiento y teñido de negro, le caía sobre los ojos. Así que casi no se le veía la cara. Junto a ella había una pila de libros.

La señora Meier y la bibliotecaria empezaron a aplaudir como si estuviéramos jugando en la guardería. Enseguida todos nos pusimos a aplaudir. Estuvimos así durante un minuto, luego dos, luego cinco. Se podía conseguir mucho con cosas muy sencillas. Las mejillas de la bibliotecaria se sonrojaron, la señora Meier gesticulaba con las manos como una directora de orquesta. Pero seguíamos aplaudiendo imperturbables. Petrowna estaba distraída porque justo en ese momento se había puesto a leer un mensaje en su Samsung.

Dejé de aplaudir cuando las palmas de las manos empezaron a dolerme. A los demás les debió de pasar lo mismo, en algún momento lo dejaron y tuvieron que masajearse los dedos.

La autora dijo que se llamaba Leah Eriksson, que había escrito cinco libros y que iba a empezar a leer. Después podríamos hacerle preguntas. Así que se puso a leer. Hablaba muy bajito y algunos gritaron: «¡No se oye nada!». Otros se pusieron a cuchichear y dos chicas aprovecharon para cepillarse el pelo. Petrowna miraba con el ceño fruncido el árbol que asomaba por la ventana.

Yo era la única que estaba escuchando.

Y no me lo podía creer.

Lo que la tal Leah Eriksson estaba bisbiseando trataba de mí.

De mi familia.

De mi vida.

De mis pensamientos.

Los nombres eran diferentes y había un par de detalles sin importancia que no coincidían. Pero el resto se refería a mí.

Y encima nadie se daba cuenta. Porque nadie estaba escuchando. Creo que ni siquiera la señora Meier prestaba atención. Simplemente se conformaba con que guardásemos silencio y estaba sumida en sus pensamientos. A lo mejor estaba contando los años que le quedaban para jubilarse. Le di un codazo a Petrowna, pero no lo entendió y me lo devolvió.

-¿Lo estás escuchando? -le pregunté, pero siguió mirando el árbol como si no hubiera nada más interesante en el mundo.

Me fastidió que los demás se pusieran a hablar cada vez más alto. No podía entender casi nada. Deseaba que Leah dejase de leer. Y al mismo tiempo tenía miedo, como si fuese a dejar de respirar cuando ella parase. Busqué en el bolsillo algunas monedas que me habían sobrado. Qué tonta había sido al darle los dos euros a Petrowna. Mis dedos se toparon con un billete enrollado de veinte euros. No tenía ni idea de cuánto costaban los libros.

-¿Tenéis preguntas?

Leah Eriksson nos miraba a través de sus mechones de pelo.

Levanté la mano, pero otros fueron más rápidos.

-¿Por qué se dedica a esto?

-¿Cuánto gana?

-¿Qué va a hacer esta tarde?

Leah Eriksson pestañeaba confundida.

Chasqueé los dedos y luego alcé mucho la voz para que me oyese a pesar del ruido que hacían los demás.

-¿ME PUEDO COMPRAR EL LIBRO AHORA MISMO?

Todos volvieron la cabeza hacia mí. Incluso Petrowna. Sobre todo Petrowna. Aunque ella también se había puesto a leer un libro cuando nadie la miraba. Hizo como si nada, pero yo sí me di cuenta.

-¿Qué pasa? -dije-. Suena muy emocionante.

Franz hizo como si tuviera entre las manos un libro invisible y lo estuviese leyendo con cara de pirado. Todos empezaron a carcajearse. Pero la que estaba más perpleja era Leah Eriksson.

-Yo no vendo libros -contestó.

-¿Y eso? ¿Quién los vende entonces?

-Las librerías.

-Pero usted tiene ahí uno.

-Es mi ejemplar -respondió mientras lo agarraba con determinación, como si yo le quisiera robar el libro y no comprárselo-. Lo necesito para mí.

-¡Le doy dinero por ese ejemplar!

Leah se levantó para dejar bien claro que la lectura había concluido y la conversación también. Todos lo entendieron de inmediato. Una mitad de la clase quitó de enmedio a la bibliotecaria del pelo violeta y atascó la puerta de salida. La otra mitad intentó abrir la ventana para salir trepando. La señora Meier corría de un grupo a otro gesticulando y cubierta de sudor.

Aproveché el momento para acercarme a la autora, que estaba guardando sus libros en una cartera. Me sacaba dos cabezas. Miré desde abajo a través de su pelo para verle la cara.

-Hola -le dije.

-Hola -contestó dando un respingo.

-Ha leído usted muy bien -le dije mintiendo.

-Gracias. -Ella sabía perfectamente que estaba mintiendo.

-Como le he dicho antes, me encantaría comprarme el libro.

-Pues hazlo.

-Tengo veinte euros en el bolsillo.

-Cuesta 14,95.

Saqué triunfante el billete de veinte euros, lo desenrollé y se lo puse a Leah Eriksson encima de la mesa.

-¿Tiene cambio?

-Ya te he dicho que no vendo libros. Los escribo.

-¿Es que ahora me voy a tener que ir a una librería?

Se apartó su grasiento flequillo a un lado y clavó en mí un par de ojos azules como el acero.

-Me da igual -dijo.

Me pareció un poco impertinente de su parte. Al fin y al cabo escribía libros para ganarse la vida, así que no le podía dar igual.

-Debería alegrarse de que alguien quiera leer sus chorradas.

El par de ojos desapareció de nuevo tras el flequillo. Cerró de...

Dateiformat: EPUB
Kopierschutz: Adobe-DRM (Digital Rights Management)

Systemvoraussetzungen:

Computer (Windows; MacOS X; Linux): Installieren Sie bereits vor dem Download die kostenlose Software Adobe Digital Editions (siehe E-Book Hilfe).

Tablet/Smartphone (Android; iOS): Installieren Sie bereits vor dem Download die kostenlose App Adobe Digital Editions (siehe E-Book Hilfe).

E-Book-Reader: Bookeen, Kobo, Pocketbook, Sony, Tolino u.v.a.m. (nicht Kindle)

Das Dateiformat EPUB ist sehr gut für Romane und Sachbücher geeignet - also für "fließenden" Text ohne komplexes Layout. Bei E-Readern oder Smartphones passt sich der Zeilen- und Seitenumbruch automatisch den kleinen Displays an. Mit Adobe-DRM wird hier ein "harter" Kopierschutz verwendet. Wenn die notwendigen Voraussetzungen nicht vorliegen, können Sie das E-Book leider nicht öffnen. Daher müssen Sie bereits vor dem Download Ihre Lese-Hardware vorbereiten.

Bitte beachten Sie bei der Verwendung der Lese-Software Adobe Digital Editions: wir empfehlen Ihnen unbedingt nach Installation der Lese-Software diese mit Ihrer persönlichen Adobe-ID zu autorisieren!

Weitere Informationen finden Sie in unserer E-Book Hilfe.


Download (sofort verfügbar)

9,99 €
inkl. 7% MwSt.
Download / Einzel-Lizenz
ePUB mit Adobe DRM
siehe Systemvoraussetzungen
E-Book bestellen