Sangre de liebre

 
 
Editorial Alrevés (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 20. Januar 2020
  • |
  • 288 Seiten
 
E-Book | ePUB mit Wasserzeichen-DRM | Systemvoraussetzungen
978-84-17847-20-3 (ISBN)
 
En el despacho de Florián Falomir se presenta Lu Sangara, un artista bohemio de turbulenta historia que acaba de casarse con la hija del millonario Abdón Chaure. Durante una de sus juergas con prostitutas, Lu ha perdido su reloj, regalo de boda de su mujer y valorado en treinta mil euros. Falomir se compromete a recuperarlo. Esa noche visita el Salón Cosmos e interroga a Denise, la amiga con la que Lu ha pasado la noche. A partir de ese momento, el detective se verá atrapado en una espiral de pasiones, con la avaricia de la fortuna y la moneda del sexo resonando en sus vacíos bolsillos como los ecos de los deseos de los demás personajes. Sangre de liebre es el nuevo caso del detective Falomir, saludado por la crítica especializada como un investigador excepcional por sus dotes deductivas y su sentido del humor, a quien acompañan en sus aventuras un combativo socio, Fermín Fortón, y la secretaria de la agencia Las Cuatro Efes, la cubana Benita Cortés. La trama bucea en la relación entre el amor, el poder y el dinero, y en sus devastadores efectos cuando la fórmula está descompensada en alguno de sus elementos. Una novela negra escrita con la exquisitez literaria que caracteriza al autor, considerado uno de los grandes referentes del género, con fuerte carga psicológica, incesante acción y algunos personajes y escenas ciertamente inolvidables.

Destacado por la crítica como un renovador y un autor de múltiples recursos, Juan Bolea, escritor desde que nació (1959), ha firmado diecisiete novelas. Varias -La melancolía de los hombres pájaro, El síndrome de Jerusalén, Orquídeas negras- premiadas. Alguna -Parecido a un asesinato- en proceso de adaptación al cine. Unas son psicológicas, críticas con el poder, indagadoras de la naturaleza humana. Otras se ajustan a géneros, tramas de aventuras, novelas negras... Todas, ahormadas por un estilo directo y rico, por un ritmo vivo y originales argumentos. Cuando no escribe, viaja, urde antologías, proyectos, imparte talleres literarios o dirige eventos culturales como Aragón Negro o Panamá Negro.
  • 1,20 MB
978-84-17847-20-3 (9788417847203)
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3


Fue como si hubiese visto una serpiente en medio del camino, una sombra diabólica o un tronco ardiendo en el bosque.

Al desconocido y a mí nos separaban la anchura de mi escritorio de nogal, periódicos atrasados (la mayoría hurtados de la cafetería Mefisto), mi bandeja de estilográficas, el vade de cuero sobre el que escribía y un san Jorge de plata alanceando al dragón, obsequio de algún invitado a cualquiera de mis dos bodas, pero tuve la impresión de que había invadido mi espacio.

Era rubio, con el pelo largo, la piel pálida y una mirada entre implorante y asombrada, como la de un cervatillo de dibujos animados, factoría Disney. Con ojos muy luminosos, azul hielo, y pestañas rubias. Con una boca demasiado grande, un labio inferior grueso como el de un africano y dientes tan blancos que llamaban la atención.

Llevaba una camisa rojo sangre con dos majestuosas Montblanc Meisterstück prendidas al bolsillo, un traje de lino color teja bastante mejor que el mío y unos mocasines siena de piel suave, sin calcetines, calzando unos pies anormalmente pequeños.

-Bonita oficina -comentó. Algo dulce, femenino, quiso aflorar a su voz.

-¿En qué puedo ayudarle, señor.?

-Sagarra, Luis. Pero puede llamarme por mi alias artístico, Lu Sangara. Lo prefiero.

-¿Luis Sagarra? -repetí, porque solo había retenido el nombre.

Por asociación, mis ojos se desviaron hacia una fotografía de mi clase de Bachillerato, apoyada en mi biblioteca. El Liceo nos la había regalado por las bodas de plata de la promoción. Los alumnos formábamos de tres en fondo, con los profesores. Entre los chicos de mi clase había uno llamado como mi nuevo cliente (si es que llegaba a serlo). Quise asegurarme de que no se trataba de una coincidencia y le pregunté:

-¿No será usted pariente de Luis Sagarra? -Señalé la foto-. El del pelo en punta, en el ángulo de la izquierda. Lo llamábamos Pelopincho, cariñosamente.

Se levantó y se acercó a la biblioteca. Tuvo que inclinarse para ver la foto, porque era bastante alto, cerca de metro noventa.

-Mi padre -confirmó.

-¿Luis Sagarra Urbina?

-Sí, era él.

Dudé. Mi excompañero de pupitre, moreno y bajito, no guardaba el menor parecido con aquel hombre joven, espigado y pálido que tenía delante.

-¿Era?

-Murió.

Me eché hacia atrás.

-No lo sabía, lo siento mucho. ¿Ha muerto Luis, de verdad? ¿Cómo.?

El visitante volvió a sentarse y dijo con calma:

-Se suicidó.

Abrí la boca, la cerré, volví a abrirla y murmuré con un soplo de voz:

-No me lo puedo creer. ¿Cuándo.?

-Hará. un año, un poco antes de mi boda. Se tiró de la casa donde trabajaba, en la Gran Vía.

Tragué saliva.

-¿Trabajaba.? ¿En calidad de qué?

-Como portero. Cayó de un octavo, a veinte metros de altura. Salió en las noticias. ¿No lo recuerda, señor Falomir?

-No, lo siento -volví a murmurar, avergonzado, mientras un turbión de imágenes de Luis Sagarra Urbina, Pelopincho, regresaba a mi memoria. Jugando a balonmano, o al billar, fumando en los baños del colegio. Nuestro último encuentro había tenido lugar en la cena de nuestra promoción, unos cuantos años atrás. Habíamos estado charlando, poniéndonos al día. Pelopincho trabajaba en Épila, en una fábrica de rodamientos que surtía a la General Motors, pero lo hacía a disgusto. Aquello no era vida, se me quejó, sino embrutecimiento, alienación. Desde entonces, yo nada había vuelto a saber de él. Jamás habría imaginado que pudiera suicidarse. Por mal que le fueran las cosas, Sagarra Urbina no era de esos que se tiran por un balcón.

-De verdad, hijo, lo siento tanto -volví a condolerme-. Habrás sufrido una barbaridad. Te acompaño en el sentimiento, aunque sea tarde. ¿Luis te llamas también, me has dicho?

-Puede llamarme Lu. Lo prefiero.

-¿Lu?

-Es mi seudónimo artístico, Lu Sangara. La gente que me aprecia de verdad me llama Lu.

-No haberme enterado a tiempo de su. de vuestra tragedia. Os habría acompañado en el funeral.

-Papá le apreciaba mucho, señor Falomir. Estaba orgulloso de ser su amigo. No tenía demasiados. A mí me sucede lo mismo. Será algo heredado, genético. Papá me hablaba a menudo de su época colegial. Recuerdos de la pandilla, de la liga de fútbol, anécdotas con las chicas del colegio La Veneración.

-La Consolación -sonreí.

-El Ibón de hielo, donde iban a patinar; el Canódromo, donde iban a apostar, y un bar llamado La Cepa Joven, donde iban a.

-La Cepa Vieja -volví a sonreír-. Donde íbamos a beber cerveza. Todavía existe, aunque hace años que no voy. La pista de hielo se transformó en un supermercado. El Canódromo, en un parque.

Sonrió educadamente, como si mis recuerdos contribuyeran a dignificar la memoria de su padre, y agregó con un aire suave y amable:

-Papá guardaba algunas fotos suyas, recortes de una entrevista que le hicieron. Pero, sobre todo, lo conservaba en su memoria, que es donde deben atesorarse los afectos.

Me conmoví, pero alguien más joven dentro de mí dijo: «Te estás haciendo viejo, Flo».

-¿Por eso has venido a verme, Lu, porque tu padre y yo nos conocíamos desde niños?

-También por su competencia profesional, señor Falomir. Lleva usted fama de ser un excelente detective.

-Siendo hijo de mi buen amigo Luis, a quien tanto me hubiera gustado despedir. -Seguía emocionado y me tomé unos segundos para dominarme-. ¿En qué puedo ayudarte, Lu?

-He venido a pedirle que haga algo por mí.

-Puedes tratarme de tú.

-Si no le importa, no lo haré.

-¿Por qué?

-Por respeto a mi padre. A él no le habría gustado.

-Como quieras. ¿Qué puedo hacer por ti, Lu?

-Que me ayude a encontrar un reloj.

Apoyó las manos en la mesa y se rozó la muñeca derecha, donde se veía la marca de la correa. Sus manos eran como las de un niño, pequeñas, delicadas y, como el resto de la piel, muy blancas y sin sombra de vello. En la izquierda tenía seis dedos, con el meñique dividido en dos. Sentí frío al fijarme y darme cuenta de que él reparaba en ello.

-¿Un reloj? ¿De quién?

-Mío.

-¿Lo has perdido?

-Eso me temo.

-¿Cuándo?

-Ayer lo llevaba puesto, estoy seguro.

-¿Qué marca es?

-Un Panerai de acero y oro, con mis iniciales grabadas en el reverso. Fue el regalo de petición de María José, mi esposa.

-Siendo así, estarás doblemente preocupado por su pérdida.

-¿Doblemente? -Pareció desconcertado-. ¿A qué se refiere?

-A su doble valor.

-¿Doble valor?

-El real y el sentimental.

-Ah, claro. Estoy desolado -aseguró, pero su expresión no revelaba preocupación alguna, sino el mismo hierático asombro que me había llamado la atención desde el principio, como si, permaneciendo a la expectativa de algo, esa esperanza no llegara a materializarse pero prosiguiera yaciendo en el horizonte de sus deseos-. Le ruego que lo encuentre lo más rápidamente posible.

-Lo intentaré. ¿Cuándo perdiste el reloj?

-Tuvo que ser ayer por la noche.

-¿A qué hora?

-A partir de las doce.

-¿Dónde?

-En el Salón Cosmos, en el Lido, en el Botafumeiro o en un hotel.

Destapé una de mis plumas, una Pelikan Indian Sunset que me había costado cuatrocientos euros y cuyo diseño me recordaba los anocheceres en Bali, donde pasé un par de meses oficialmente dedicado a la exportación de artesanías, pero vigilando, en realidad, los movimientos de un terrorista vasco. La tinta estaba seca y acepté la Montblanc Meisterstück que Lu se apresuró a ofrecerme. Era una imitación. Su tinta roja se deslizaba con una aspereza que denunciaba al falso plumín, pero desprecinté un cuaderno y fui apuntando las mencionadas localizaciones.

El Salón Cosmos era lo más parecido a un puticlub que había en el centro de la ciudad. El Lido, un clásico de copas para adultos, ligero y frívolo, con música italiana y francesa. El Botafumeiro, una whiskería donde solían citarse hombres de negocios de dudosa reputación y mujeres con parecido pedigrí.

-¿Pasaste la noche en un hotel? -pregunté; Lu asintió-. ¿En cuál?

-En el hotel Ducal.

-¿Solo o acompañado?

Me miró con languidez, a medio párpado. Sus transparentes iris filtraban una luz celeste.

-Si me lo pregunta, es porque acepta mi encargo.

-En principio, sí.

-¿En principio?

-Salvo que descubra algo anómalo y decida retirarme a tiempo -condicioné-. Lo hago a menudo. Por eso sobrevivo. Por eso no gano dinero.

Se echó a reír. Su risa era aguda y entrecortada como un puñado de monedas cayendo en un platillo.

-Eso tiene remedio, señor Falomir.

-¿Cómo? ¿Creyendo en los milagros?

-Ganar dinero es mucho más fácil de lo que la gente cree. No tiene nada de milagroso.

Lo había dicho con total convencimiento, como si le sobraran los euros.

-Te pediré que me enseñes el truco en tus ratos libres. Mientras tanto, respóndeme: ¿con quién pasaste la noche, Lu?

-Con una mujer.

-¿La conocías?

-No.

-¿Dónde la conociste?

-En el Salón Cosmos.

-¿De allí os fuisteis al Lido?

-Sí.

-¿Y del Lido al Botafumeiro?

-Sí.

-¿Y finalmente la invitaste al hotel Ducal?

-Sí.

En el Coso Bajo, el...

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