Los viejos seductores siempre mienten

 
 
Editorial Alrevés (Verlag)
  • 1. Auflage
  • |
  • erschienen am 25. April 2018
  • |
  • 256 Seiten
 
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978-84-17077-49-5 (ISBN)
 
Cuando un frío y anodino día de invierno, Matilde Montenegro, una estrella de la novela romántica caída en el olvido, se presenta en el despacho del detective Florián Falomir, este no sospecha que su encargo, la entrega de una carta, lo conducirá a un laberinto de pasiones que llegará a sumergirlo en una orgía de sexo y traición. Porque lo que en un principio parece un trabajo sencillo, se convierte en la búsqueda frenética de la misteriosa destinataria de la misiva, Rosal de Luna, otra gran diva del género rosa. A partir de ahí, el ego y la fama de las dos escritoras reinas del melodrama erótico serán elementos tan importantes en la trama como los enigmáticos asesinatos a resolver. Desde la distancia, la inspectora Martina de Santo, el más icónico de los personajes creados por Juan Bolea, asesorará a un desubicado Falomir para intentar desvelar la solución de un caso protagonizado por mujeres arrogantes y viejos seductores, donde escarbar en el pasado puede acarrear consecuencias insospechadas. Solo un autor capaz de jugar con los géneros como Bolea podía deshilachar una historia tan paradójica, enigmática y divertida como los temas que trata: el amor, la seducción, la fidelidad..., mezclando escenas de hilarante comicidad y escenarios apesadumbrados por la tragedia. Todo ello en clave de novela negra pero desvelando de paso las claves de la novela romántica.

Destacado por la crítica como un renovador y un autor de múltiples recursos, Juan Bolea, escritor desde que nació (1959), ha firmado diecisiete novelas. Varias -La melancolía de los hombres pájaro, El síndrome de Jerusalén, Orquídeas negras- premiadas. Alguna -Parecido a un asesinato- en proceso de adaptación al cine. Unas son psicológicas, críticas con el poder, indagadoras de la naturaleza humana. Otras se ajustan a géneros, tramas de aventuras, novelas negras... Todas, ahormadas por un estilo directo y rico, por un ritmo vivo y originales argumentos. Cuando no escribe, viaja, urde antologías, proyectos, imparte talleres literarios o dirige eventos culturales como Aragón Negro o Panamá Negro.
978-84-17077-49-5 (9788417077495)
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4


La voz del visitante había sonado en un castellano tan nítido como campanadas de cristal en páramos de tierra yerma. Esperábamos, en consecuencia, a un hombre joven, pero la puerta del ascensor se abrió y, en forma de una señora tan decrépita que más que el umbral de nuestra agencia podría estar cruzando el de su última morada, se presentó nuestro primer cliente en varias semanas.

-¿El detective Falomir?

Yo me había apresurado a meterme en mi cueva para fingirme ocupado e inspirar sensación de laboriosidad, pero Beni se incorporó a recibirla con su mejor sonrisa.

-¿En qué podemos ayudarla, señora?

La anciana lanzó a mi colaboradora una ojeada crítica, de arriba abajo, deteniéndose en el escote. No debió de gustarle lo que veía porque, ignorándola, volvió a preguntar por mí.

-Es a Falomir a quien he venido a ver.

-Acompáñeme.

Contoneándose con rabia sobre sus zapatos de tacón, blancos, tan improcedentes como el resto de su indumentaria, Beni la fue precediendo por el vestíbulo. Pensaba sinceramente que su estilo aportaba a la firma un toque de distinción. Yo no tenía argumentos ni fuerzas para contradecirla, mucho menos para cambiarle el look. Era una guerra rendida, como tantas otras en mi vida de perdedor que de vez en cuando gana alguna batalla.

La mujer se me quedó contemplando como si fuera el primer hombre grueso y calvo, o -sin tan ingratos como accidentales detalles- como el primer varón que veía en mucho tiempo tras un largo encierro en las cárceles de la enfermedad o de la soledad.

-Siéntese, por favor.

Al lado de su cadavérico rostro, la parca habría resultado una alegre compañía. Era diminuta, tanto que solo me llegaba poco más arriba de la cintura. Tenía los hombros vencidos, y probablemente una seria lesión de espalda.

-Usted dirá en qué puedo ayudarla.

Con el tono autoritario de la viuda de un general, prologó:

-Por las referencias que tengo de su compañía, y crea que me he tomado la molestia de indagar, supongo que es usted el investigador principal.

-Puesto que mi socio, el señor Fortón, no nos oye ni, en consecuencia, puede protestar, lo aceptaré como un cumplido -sonreí con falsa humildad, mostrándome tan desenvuelto y seguro como un cirujano en la antesala del quirófano.

Lejos de devolverme la sonrisa, el espectro que tal vez había venido a contratarnos me reintegró una siniestra mueca.

-¿Cumplidos? ¡No lo son! ¿Por qué iba a halagarle, si no se ha ganado mi confianza?

-Espero merecerla, si me da la oportunidad. Siéntese, por favor.

La ayudé a acomodarse en una butaca frente a la mía. La pobre señora se movía con rigidez. Como si sufriera dolores artríticos, fue maniobrando para tomar asiento, tan embarazada y robóticamente como uno de aquellos maniquíes articulados que nos servían de modelo en las clases de dibujo. Finalmente, encontró la postura más cómoda, quedando sentada no en un ángulo de noventa grados, pero casi.

En grados Fahrenheit, la temperatura de mi despacho debía de estar a otros tantos. Para combatir el frío, Beni, como buena caribeña, ponía la calefacción al máximo. Pese a la sofocante temperatura, mi clienta se dejó puesto el abrigo de marta cibelina, prenda a la que calculé un valor de tres mil euros. Si se están preguntando por qué entiendo de alta peletería les diré que en noviembre, cuando aún había faena, me tocó investigar un robo en una boutique y tuve que documentarme sobre la procedencia y valor de las pieles para abrigos de señora.

-¿Se encuentra cómoda?

-Los huesos. -Se calló.

Había apoyado en mi mesa sus sarmentosas manos, con los dedos abiertos como las patas de una gallina. Sus tétricas pupilas, óbolos de una mortuoria máscara, no dejaban de escrutarme obsesivamente. Hice un gesto animándola a exponerme el asunto que la traía. Para mi asombro, dio una brusca cabezada, emitió un silbante seseo, como una serpiente, y se quedó dormida.

Esperé un rato, pero no despertó y nada indicaba que fuera a hacerlo. Temí lo peor, que la hubiese espichado, y me levanté a comprobar si respiraba. Lo hacía tenuemente, hasta que de pronto se puso a resoplar como un fuelle. Desconcertado, volví a sentarme, sin dejar de observarla. Los ojos se le cerraban y abrían dejando ver unos blancuzcos globos y descoloridas pupilas. No estaba consciente, pero, como si la hubiesen drogado, mascullaba ininteligibles palabras, entre las que me pareció colegir «luna» y «rosa». El aire entraba a sus pulmones como a una bolsa de papel desde una válvula de hinchar neumáticos. Si no había subido a la barca de Caronte, navegando corriente abajo por el río de los muertos, poco le faltaba.

Repentinamente, soltó un ronquido como un estertor y, exactamente igual que una marioneta a la que le hubiesen cortado los hilos, dio una serie de cabezadas haciendo oscilar el ralo cabello en desvitaminados hilos de plata sucia sobre el cuello de su abrigo, del que emanaba, como al abrir un armario con ropa de invierno, olor a alcanfor.

Hice ruido aposta para despertarla, pero ella continuó en brazos de Morfeo, agitándose y suspirando como un marinero tras una noche de ron.

Sin saber qué hacer, si zarandearla o dejarla dormir, me puse a trabajar.

Debieron de transcurrir sus buenos diez minutos mientras concluía un informe, y después otros tantos que empleé en llamar por teléfono a mi compañía de seguros. Sus peritos se negaban a cubrirme una operación de menisco derivada de una persecución en la que recientemente me había visto envuelto. Aunque mi póliza contemplaba lesiones físicas, incluyendo ese irreversible accidente que llamamos la muerte, necesitaba demostrar que mi rótula había colisionado en acto de servicio contra el guardabarros de un Opel Meriva mal estacionado en la calle por la que huía el tipo a quien yo iba siguiendo. Como no tenía testigos, mi reclamación llevaba las de perder.

Estaba calculando cuánto podría costarme la operación de menisco, de tener que pagármela, cuando, tan súbita y automáticamente como se había traspuesto, la ancianita dio otra cabezada y despertó.

Con mayor propiedad podría decirse: resucitó.

Sin aludir a su trance, le pregunté educadamente:

-¿Se encuentra bien, señora?

-Divinamente, gracias. ¿No me habré quedado dormida?

-Apenas una trasposición.

-¿Durante cuánto rato?

-Apenas unos minutillos.

-Me sucede a menudo, ya me disculpará.

-No se atormente. Yo también soy de siestas.

-Lo malo de dormir durante el día es que por las noches no puede una descansar.

-¿Ha probado con somníferos?

-Si no concilio el sueño no es porque no quiera, sino porque debo vigilar la puerta de mi apartamento.

-¿Por qué motivo?

-¡Para que nadie entre, claro está!

-¿De quién tiene miedo?

-No sabría decirle.

-¿Ha sufrido amenazas?

-Explícitas, no. Pero tengo la impresión de estar rodeada de presencias.

-¿Fantasmas?

-Seres invisibles.

-Se los cambio por los abogados de mis dos exmujeres -bromeé.

-¿No cree en los espíritus, señor Falomir?

-Mi carnal religión me lo impide.

-¡Hace mal!

-¿Por qué?

-Porque existen -susurró tenebrosamente.

Miré mi reloj, como si no dispusiera de tiempo, y le sonreí tan comprensivamente como a los lunáticos que de vez en cuando visitan la agencia con absurdas demandas: «encuéntreme un anillo perdido en un lago», «un tío demente extraviado en un bosque», «una aguja en un pajar», «explíqueme por qué nuestra hija ve a los familiares muertos».

-Antes de seguir hablando de apariciones y espíritus, querida señora, déjeme preguntarle si alguien, alguna persona de carne y hueso, le ha recomendado nuestros servicios.

-¿Para qué quiere saberlo?

-Para nuestra estadística. Pura rutina y papeleo.

No era verdad, sino un ardid para garantizarme su solvencia. La referencia que me dio fue válida:

-Bárbara Munis, de Peletería Preciado. Ella fue quien me habló de usted.

-¿Amiga suya?

-Conocida.

La señora Munis. ¡Qué casualidad! Precisamente, era la dueña de la boutique en la que un poco antes estaba pensando. Una señora con clase, tan educada como cursi. Había sido una buena clienta, de las que pagan por adelantado. Una denuncia, la suya, nada fácil de solventar. Bárbara Munis había instalado en su establecimiento algunas medidas de seguridad. Sin embargo, le desaparecían prendas, estolas, un visón, un zorro blanco. La policía estaba convencida de que la ladrona era una de sus dependientas, pero yo decidí vigilar al novio de la encargada, en principio al margen de toda sospecha. Sin embargo, a diferencia de las parejas de las otras empleadas, nunca se citaba con su novia a la salida del trabajo. Eso me extrañó. Seguí a la encargada. En cuanto vi a su novio, algo no me encajó. Era demasiado joven para ella y de inferior condición social. Lo seguí durante una semana y ¡bingo!, una noche lo sorprendí intentando subir la persiana con la nueva llave que la encargada le había proporcionado y pude fotografiarlo con las manos en la masa. ¡Caso resuelto!

-Bárbara quedó satisfecha con sus servicios, señor Falomir, por eso he elegido su agencia. Que, por cierto -el cuello de la vetusta dama se giró hacia mi biblioteca como una argolla sujeta a un muro-, está puesta con bastante gusto.

-Es usted muy amable. Yo mismo diseñé el...

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